23 octubre 2006

Idea, de Guillermo Pérez Villalta


El pasado jueves, Gemma Sá?er y Eugenia Ni?o - editoras de Vuela Pluma- organizaron en la librerí­a Panta Rei, la presentación del libro Idea, donde se recogen los bocetos romanos del pintor Guillermo Pérez Villalta. Los relatos bien estructurados y amenos de Jesús Marchamalo dibujaron en nuestras caras melancólicas y húmedas sonrisas de ni?os, que se convirtieron en carcajadas cuando al final las las propietarias y libreras nos regalaron eso que mis sobrinos llaman chuches. La lluvia y los atascos impidieron que llegaran mís amigos, pero se pasearon entre los anaqueles: Miguel Doce, Mariana Laí­n, Guillermo Salafranca, Sean MacKaoui, alumnas de El Mono Rojo, y el mono también. Faltaron los barandales ( shandys castizos).
Espero que ya sepáis a quién pertenece el palito y el hilo que adorna el salón de vuestra casa. Hasta pronto.

18 octubre 2006

14 octubre 2006

De novelas... ?Cómo empiezan?

22. Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: "Madre fallecida. Entierro ma?ana. Sentido pésame". Nada quiere decir. Tal vez fue ayer.
El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús de las dos y llegaré por la tarde, así­ podré velarla y regresaré ma?ana por la noche. He pedido a mi patrón dos días de permiso que no me podía negar con una excusa semejante. Pero no parecí­a satisfecho. Llegué incluso a decirle: "No es culpa mí­a". No respondió. Pensé entonces que no debí­a habérselo dicho. Por supuesto, no tenía por qué disculparme. Era a él, más bien, a quien correspondía darme el pésame. Pero lo hará sin duda pasado ma?ana, cuando me vea de luto. Por el momento, es un poco como si mamá no hubiese muerto. Después del entierro, por el contrario, será un asunto resuelto y todo habrá revestido un aire más oficial.

Prisionera de la red

?Ah...! Tolero la impaciencia de esperar que baje la información por Internet haciendo solitarios: 10-9-8-7-6, alterno rojas y negras. Hace a?os leí en un libro, cuyo nombre no recuerdo, el monólogo de una enferma de cáncer terminal, que mientras hací­a solitarios so?aba "si gano esta partida será que he vencido a la muerte". Jugarse la vida a cara o cruz, cuando la suerte ya está echada...

Ha nacido Martí­n y mi amigo Sergio (el padre) dice que es puro ojos. Nos lo ha contado en un mensaje, pero el móvil no es suficiente para tanta emoción y nos lo escribe con todas las letras: "tiene los ojos enormes. La madre bien. Muchas felicidades para todos".

Por fin se nos ha ido el verano. Lo se porque mi gata se ha esponjado. Le ha crecido una nueva capa de pelo suave y corto y se ovilla gorda en un cojí­n, escondiendo la cabeza entre las patas.

Cuando me demoro ante el ordenador, mi gata pizpireta vuelve a la ventana. Han acabado las obras ahí­ abajo y la terraza del bar todaví­a se llena por las tardes. Casi no pasan coches --no les han dejado espacio-- y desde mi ventana, tan cerca del suelo, me siento planear sobre cabezas de ni?os.

Ha pasado casi un a?o desde que lancé aquellas botellas al mar desde la isla. Me alegro de que os hayáis subido al bote para alcanzar la choza. No se está tan mal en este lugar en el que siempre hay sitio para uno más, sobre todo si le da a la pluma y es buen tertuliano.

13 octubre 2006

21 Brooklyn Follies. Paul Auster.

11 octubre 2006

Kanashibari, de Paola Kaufman


"Kanashibari": Un cuento inédito de la escritora Paola Kaufmann, recientemente fallecida.
La noticia de la muerte de la escritora Paola Kaufmann (1969-2006), aquejada de una enfermedad terminal, produjo un fuerte impacto en el mundo de las letras argentinas, ya que se veía encarnada en su figura una posible renovación generacional, un posible camino de innovación temática y estilí­stica. Sus novelas "El lago" y "La hermana" calaron sin resistencias entre la crí­tica y los lectores, que recibieron con entusiasmo esta nueva narrativa propuesta por Kaufmann, doctora en neurociencias e investigadora. Reproducimos el cuento Kanashibari, que forma parte de un libro inédito de relatos.
Kanashibari
"I have been sleeping, and now, now I am dead!"E. A. Poe, The facts in the case of M. Valdemar.
Desde el instante mismo en que leí­ "Los hechos en el caso M. Valdemar" supe que yo ya conocí­a el final de ese cuento. Varias veces hice en vano el esfuerzo de recordar, tantas como retomé Historias Extraordinarias para detenerme con minuciosidad en los detalles de Valdemar, y así­ tratar de reconstruir la identidad de aquella historia, tan evasiva para mí­. De que se trataba exactamente, cuándo la habí­a leí­do y en dónde, eran precisiones que se escurrí­an de mi memoria como anguilas entre la oscuridad de las rocas. Sin embargo tení­a la impresión muy clara de que la lectura, o lo que fuera que me habí­a acercado esa anécdota, habí­a ocurrido hací­a mucho tiempo, lo cual no me dejaba más espacio que aquel más bien improbable de la infancia. Y un dí­a fortuito, recorriendo los estantes de una librería de usados, encontré la respuesta en un libro de mitos japoneses para ni?os. Ese libro habí­a llegado a nuestra casa del Valle gracias a mi abuelo, un hombre que solía viajar mucho y casi siempre por paí­ses extra?os. El que encontré aquel dí­a era el mismo libro, la misma edición de tapas doradas, hojas espesas y algunos dibujos color escarlata y negro. Contenía tres historias solamente; una de ellas resultó ser la que no conseguí­a recordar, Kanashibari, y tení­a que ver con el sue?o, aunque no con el hecho de so?ar como proceso fisiológico, ni siquiera fantástico, sino como un proceso aberrante. Al igual que buena parte de los mitos en Japón, este pertenece a la Isla de Kyushu, al sur del paí­s, una versión más vasta, geográficamente al menos, del Olimpo. Allí­ viví­a un trabajador humilde llamado Yakumo, hijo a su vez de trabajadores humildes que nunca habí­an pretendido nada mas allá de procurarse la comida de cada día, y un techo simple para cobijarse. No sabí­an leer ni escribir, creí­an en los dioses, y en la bondad infinita del emperador. Yakumo, por el contrario, había nacido rebelde. Trabajaba junto a sus progenitores, pero no por placer, no porque considerara el trabajo una suerte de obligación moral, sino apenas un medio de subsistencia. Tuvo una educación elemental, al igual que sus dos hermanos, y una adolescencia insensata, al igual que todo el mundo, solo que a Yakumo le duró más. No habí­a cumplido diecisiete a?os cuando se enamoro de la hija de un poderoso del lugar, llamada Aya, y quiso contraer matrimonio de inmediato. No hubo castigo ni súplica que lo hiciese desistir de su elección, y como resultado de su obstinación Aya fue descastada por su familia, que la dejó librada al cuidado de su esposo rústico y pobre. Cuando se casaron, Aya era poco más que una ni?a. La juventud de los dos, la fuerza de carácter y la complexión sana de sus cuerpos los salvaron de la miseria los primeros a?os. De a poco empezaron a construir un hogar más o menos sólido, rodearon la casa de caminos ramificados para confundir a la mala suerte, y plantaron mimbres y jacintos cerca de la puerta de entrada. A su modo inexperto y laborioso eran felices. Entonces, cuando ya estaba todo preparado para pensar en un hijo, Yakumo se fue. Una noche dijo a Aya que sentí­a necesidad de conocer el mundo, y a la ma?ana siguiente ya no estaba. Aya era muy joven cuando pasó esto. Los padres de Yakumo intentaron consolarla. Sus propios padres, sin embargo, nunca dieron marcha atrás en su decisión de no volver a verla. Yakumo anduvo por las regiones contiguas, y después mas lejos, liviano y necio como un farolito de papel flotando sobre la corriente dócil y que a la larga se despedazara contra las piedras. Cuando se canso de vagabundear encontró a otra mujer, Maki, y se casó con ella. Fue después del matrimonio que Yakumo empezó a sufrir los embates de un sue?o espantoso. El sue?o lo embargaba cuando aún no se habí­a dormido, en cualquier lado, incluso en los brazos de Maki: so?aba que el fantasma de una mujer se sentaba en su pecho y no lo dejaba respirar. La mujer se sentaba de espaldas de modo que no podí­a verle la cara, pero las guedejas negras de sus cabellos le metí­an por los ojos, por la nariz y por la boca, impidiéndole respirar o gritar. La mujer no se moví­a de su pecho hasta que le daba la gana moverse, no importaba lo que hiciera, pensara o se obligara a dejar de pensar. Nunca aparecí­a cuando ya se habí­a dormido, sino cuando estaba a punto de hacerlo. Era el kanashibari, la pesadilla de la duermevela, que perseguí­a a los criminales, a los indiferentes, a los traidores. El kanashibari era un castigo secreto que no podí­a compartirse con nadie, y duraba tanto como tardara al culpable en pedir perdón, o reparar el error. Durante diez a?os Yakumo sufrió las visitas, al principio esporádicas, mas tarde regulares y hasta cotidianas, del fantasma de la mujer desconocida. Diez a?os aplastándole el corazón casi todas las noches. Yakumo envejeció prematuramente. Aún así­ tardo en darse cuenta de su significado, porque Yakumo no era hombre de reparar en el dolor ajeno, aunque el mismo lo hubiese provocado. Yakumo era naturalmente ingrato, por eso no supo enseguida quién era el fantasma del kanashibari. Y cuando lo supo su arrepentimiento fue como una marea de tristeza, algo que llegaba y se retiraba, pero que no cesarí­a más. A pesar de eso, el fantasma seguí­a llegando noche a noche, seguí­a sentándose sobre su pecho y quitándole un a?o de aliento cada vez. Diez a?os mas tarde de su partida súbita y caprichosa, Yakumo era un hombre viejo. Maki no comprendía que pasaba con su marido, hasta que al final se hartó y le preguntó directamente si en su vida pasada habí­a algo que tení­a que esconder de ella. Yakumo, agobiado, le contó de Aya, de la región donde viví­a, de sus padres, todo abandonado por un antojo imprudente de su juventud. Maki era una buena mujer. Pocos dí­as después, Yakumo partió de regreso a buscar a Aya. En el otro extremo de la isla las cosas no parecí­an haber cambiado, al menos no sustancialmente. Pero sus padres no lo reconocieron, ni sus hermanos. Todos ellos viví­an y seguían trabajando, inmutables, comiendo las mismas cosas, durmiendo bajo el mismo techo. Yakumo, al ver todo eso, sintió deseos de huir otra vez, pero aquella noche, en la posada anónima donde se alojaba, el kanashibari reapareció con una malevolencia inusitada, el fantasma de la mujer abarcaba ya todo el cuarto, como una monta?a, y de su cabello salí­an insectos que hincaban sus aguijones en los globos de sus ojos, taladraban las membranas de sus oí­dos y mordían su lengua esta vez no solo impidiéndole moverse o gritar sino también infligiéndole un dolor atroz que lo atenazaba más que el miedo. Esa noche la mujer se dio la vuelta y lo miro de frente, y en aquella solidez horripilante Yakumo vio en plenitud a su verdugo. Al dí­a siguiente, sin haber dormido, fue a su antigua casa rodeada de mimbres y de jacintos y de senderos interminables. Las varillas cubrí­an todo el sitio, y los jacintos se habí­an transformado en flores macilentas, ganados por una gramilla áspera y por macizos de ortigas. Yakumo se abrió paso entre ellas, lastimándose las manos y los brazos, hasta encontrar la puerta, sepultada por el resto, como toda su vida, bajo la espesura del olvido. Para su sorpresa, Aya estaba ahí­, sentada en el piso en posición de loto frente a un mantel de seda, donde habí­a además dos platos de comida y una jarra de té. Estaba esperándolo, del mismo modo en que solí­a esperarlo cuando Yakumo era joven y volví­a de trabajar, con el cabello negro y limpio exactamente igual que la última vez que la habí­a visto. Yakumo pensó que ella no lo reconocería, o que lo echarí­a, pero se equivocóo. Aya le hizo un gesto para que se sentara, y después lavó sus manos y sus pies con pa?os calientes y limpió sus raspaduras con aguas de jazmí­n. Él le pidió clemencia, le suplicó perdón; ella no contestaba, se limitaba a mirarlo con una mirada amorosa, de a ratos extraviada, de a ratos nostálgica. Yakumo trató de contarle lo que habí­a pasado pero fue inútil: Aya era una especie de grabado salido de su memoria, mudo, repitiendo un ritual de hacia diez a?os como si nada hubiese pasado entre ellos, ni siquiera el tiempo. Yakumo se abandonó a ella implorando su perdón, llorando sobre su regazo y rogándole que no lo atormentara más, que se habí­a arrepentido, que no volverí­a a irse. Ella, sonriendo, le acariciaba la cabeza y secaba sus lágrimas. Pasó la noche junto a su primera esposa. No habí­a en ella un solo rasgo diferente de lo que él recordaba, ni la piel fatigada, ni un cambio de estilo de su ropa, ni una mancha en su cuerpo o un signo de cansancio. Nada. Aya se habí­a conservado perfecta e indemne al paso de los a?os, como embutida en ámbar o en hielo. Yakumo, por el contrario, desde el momento de su traición, habí­a empezado a pagar con su propia vida. Esa noche en su antigua casa Yakumo durmió por primera vez sin el kanashibari sobre su pecho, creyendo que a la ma?ana siguiente Aya estarí­a a su lado, tersa como un durazno a punto de caer del árbol, y que él, rejuvenecido por el descanso, empezarí­a a vivir otra vez. Yakumo se durmió abrazado a la cintura de su antigua mujer creyendo que la Naturaleza estaba en orden nuevamente. Pero la Naturaleza no estaba en orden. Raramente lo está, y aquella no era una de esas excepciones. Porque Aya, la primer mujer de Yakumo, la casi adolescente esposa de Yakumo, habí­a muerto, o algo cercano a eso, pocos dí­as después de la partida de su marido. Encerrada en la casa como en una crisálida, mientras afuera crecí­an los mimbres y se marchitaban los jacintos, ella permanecí­a muerta, sin que un solo centímetro de su piel se alterara con el paso de las horas, ni un solo gramo de su carne, ni las delicadas hebras de cabello negro, con el paso de los meses, y los a?os. Durante las noches Aya resucitaba a una especie de sue?o agitado, y a la ma?ana reposaba en la paz de su muerte detenida, como si ese sue?o la hubiese tranquilizado de modo misterioso. Los padres de Yakumo sabí­an de esta muerte en vida, pero para el resto, Aya habí­a muerto definitivamente después de la partida de su esposo. Hasta que Yakumo volvió, arrepentido, avejentado por el sufrimiento que le oprimí­a el cuerpo. Nadie supo, salvo Yakumo, que Aya habí­a vuelto a la vida por completo, antes de que la muerte le arrebatara todo. Como el cuerpo de Valdemar, sujeto a la realidad por el delgadí­simo hilo de la hipnosis, el cuerpo de Aya fue retenido por el amor, o por el rencor, o tal vez fueron los dos sentimientos los que sustrajeron su cuerpo a la muerte absoluta durante mas de diez a?os. Por eso Yakumo no despertó abrazado a la cintura de su mujer, sino a una masa podrida de huesos y carne escarbada infinitamente por los gusanos, de la que apenas quedaban, reconocibles, unos manojos de cabello negro despegados del cráneo. Hasta acá el mito japonés. Ignoro si Poe lo conocí­a, si lo utilizo o lo recreo para su propio relato Francamente poco importa. Como asíl mismo dijera un dí­a, cuando le preguntaron acerca de la influencia que tení­an sobre su obra los maestros alemanes del terror: "el verdadero horror no proviene de Alemania, ni de ninguna parte, sino del alma".


09 octubre 2006

La casa encendida

Hace poco comenté a Joaquí­n y a Norma que no recordaba de qué poeta se habí­a tomado el nombre de "La casa encencida" para el gran edificio cultural de La Caixa.
Pues da tí­tulo a un libro de poesí­as de Luis Rosales, publicado en 1949 y también a una de esas poesías. Es bellí­sima.

La casa encendida (Luis Rosales)
PORQUE TODO ES IGUAL Y TÚ LO SABES, has llegado a tu casa y has cerrado la puerta
con aquel mismo gesto con que se tira un dí­a,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extra?eza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, y encendiste la luz, para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un a?o,
y después,
te has ba?ado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo,
humanamente solo, definitivamente solo
porque todo es igual y tú lo sabes.

05 octubre 2006

Desde Chipre

Leo Cosmos. Hasta pronto.

02 octubre 2006

Jorge Edwards. Nuevo libro

La Embajada de Chile, a través de su agregadurí­a cultural, informa que el escritor Jorge Edwards --Premio Nacional y Premio Cervantes de Literatura-- presentará la nueva y definitiva edición de su libro de memorias cubanas "PERSONA NON GRATA" en una terturlia con Santiago Roncagliolo y Juan Cruz.

CÍRCULO DE BELLAS ARTES
martes 3 de octubre, 19:30 hrs.
c/Marqués de Casariera, 4.
Madrid

01 octubre 2006

La novela número 20 es : "El filo de la navaja". Somerset Maugham.

28 septiembre 2006

De novelas...?Cómo empiezan?

Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn, de manera que al dí­a siguiente salí­ de Westchester y fui para allá a reconocer el terreno. No habí­a vuelto en cincuenta y seis a?os, y no me acordaba de nada. Mis padres se habí­an ido de la ciudad cuando yo tení­a tres a?os, pero el instinto me llevó al barrio donde habí­amos vivido, arrastrándome como un perro herido al lugar donde nací­.
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27 septiembre 2006

Hola chicos. Después de leer las estupendas crónicas de Sara y Joaquí­n, me di cuenta de que quizás repito alguna de las cosas que ya decí­an ellos porque he tardado algo en transcribir lo que tení­a. Besos.

EN BUSCA DE PERICLES

EN BUSCA DE PERICLES
Sábado 23 de septiembre. Fuimos a Segovia con grandes expectativas, pero al llegar comprobamos poco a poco que el Festival Hay era imperceptible. Quizás nos imaginábamos unas calles pobladas de casetas de libros. O escritores a los que reconocer y observar de reojo, comprobando que son realmente de carne y hueso. ?Qué menos que juglares subidos a tarimas regalándonos sus versos entre el gótico y el románico! Ni siquiera carteles anunciando el evento fantasma.
Mary Cruz, Carmen, Joaquí­n, Norma y yo dirigimos nuestros pasos hacia la Plaza Mayor. Era allí­ donde probablemente se concentrarí­an todas las casetas. Para nuestra gran frustración, sólo habí­a una ridí­cula caseta. Parecí­a como si se hubiera perdido y estuviera allí­ por pura casualidad, esperando que la vinieran a rescatar.
Pero la frustración se vio compensada por la magia de vagar en esa ciudad de trazado imprevisible.
Nos encontramos con Mariajo y asistimos a la conferencia de Vila Matas, Lago y Monmany en San Juan de los Caballeros. El marco, impresionante, pero el sonido defectuoso. La hora de charla resultó escasa.
También fue inesperada la elección del restaurante. ?A quién se le ocurre ir a un búlgaro estando en Segovia y no comer cochinillo? A nosotros. La comida fue estupenda y la compa?í­a muy grata.
Luego visitamos la iglesia de San Justo, que tiene un maravilloso fresco en el techo. Norma y yo subimos al campanario por una escalera de caracol, estrechí­sima y empinadí­sima. Desde luego, se notaba que los seres que con mayor asiduidad pasaban por allí­, o volaban, eran las palomas, a juzgar por la espesa alfombra de cacas bajo nuestros pies. Me sentí­ como James Stewart en "Vértigo". Pero las vistas bien valieron la pena. ?Increí­ble, pero todaví­a tengo agujetas!
Finalmente coincidimos con la heroica Sara que, a pesar del gran trancazo y de la lluvia, es la que acudió al mayor número de conferencias.
Ya en Madrid y olvidándonos pronto del cansancio, fuimos a por nuestra Noche Blanca. Quedamos con Pura y en el Conde Duque nos hizo fotos el hermano de Joaquí­n, que expone allí­ sus fotos de la movida.
A diferencia de Segovia, la fiesta en Madrid era indudable. Las calles tomadas, filas de gente para entrar en los museos y auditorios, y buen rollo.
Por muchas horas, Madrid sí­ existió.

25 septiembre 2006

Mojados como hojas de libros en oto?o.

Las librerí­as de Segovia se habí­an escondido por detrás de la plaza del Azoguejo, bajo unas piedras más antiguas que las del Acueducto. Amenazaba lluvia pero, puestos a no haber, solo habí­a frí­o. Norma le hizo frente con un nuevo sweter (?se escribe así­?) rojo. Entonces acudió Mariajo que nos llevó a la iglesia donde hablaba Vila Matas junto a otros dos acólitos. Uno de ellos mujer, pero que también platicaba debido a que se trataba de un ceremonial laico. Breve, pero, a mi, Enrique (es mi amigo) me pareció que sonaba como llegado del más allá. Tal vez lo tenga sacralizado, pero así­ lo perciben mis oí­dos. Luego, aprovechando el lugar en donde estábamos, comimos en un Restaurante Búlgaro. Las musakas y las verduras no estaban mal, pero (yo guardé el secreto) las carnes, - o lo que fueran,- olí­an fatal. La lluvia nos esperaba fuera, y la Iglesia de San Justo (la más antigua de la ciudad), con sus frescos románicos y sus cagadas de paloma. Entonces llamó Sara que, contra viento y marea, se estaba adentrando en las murallas. La lluvia menguaba a intervalos pero no acababa de cesar. Y vuelta a la plaza a buscar libros. Segovia es una ciudad sin libros, pero con juderí­a y estatuas mojadas por los parques. Pronto habrí­amos de regresar. Pero entonces Sara. Y vuelta a lo clásico: el mesón de Cándido. Tal vez Sara nos pudiera mostrar algún libro: pero tampoco. Al menos certificamos que todos estábamos allí, secándonos como hojas de oto?o, en aquel momento.

Crónica de Hay-on-Way

Subíamos Gemma y yo por Juan Bravo con los ojos todaví­a brillantes de la emoción por haber cogido por primera vez La Sepulvedana. Planeábamos antes del primer encuentro con Rosa Montero y Juan Villoro en la Caja de Segovia, visitar los puestos de libreros que, con ocasión del Festival, creí­amos iban a invadir la Plaza Mayor. El viernes era soleado y el silencio de la provincia nos descansaba del bullicio chirriante de Madrid. A un lado y otro de las calles nos reencontrábamos con iglesias, alcázares, y casas del siglo XV, que nos parecí­an novedosas al mirarlas con la inocencia de las turistas accidentales. Al llegar a la plaza no vimos puesto alguno y pensamos que a lo mejor era demasiado temprano. Sentadas en una terraza al sol tomábamos café con brioche entre extranjeros, mientras esperábamos el montaje de las librerí­as y hací­amos planes. Ta?eron doce veces las campanas de la catedral y por fin nos percatamos de un quiosco de madera verde de cuyo tejado colgaba una sábana con la leyenda: Asociación de Libreros de Segovia. Nos acercamos esperanzadas, pero la dependienta pronto nos regaló la decepción: sólo estaremos nosotros y los de The Guardian, así­ están las cosas, dijo con una sonrisa se?alándonos a unas chicas sentadas en un banco que repartí­an periódicos. Pero podéis ir a nuestra tienda, a?adió después de desplegar un mapa. Escuchamos sus explicaciones y hojeamos libros de Vila-Matas, McEwan y Lesing. La casa verde, bautizamos al quiosco.

Algo desencantadas fuimos a recoger a Freya, una amiga canadiense de Gemma, al Museo Esteban Vicente. Ella nos llevó a un restaurante y tomamos judiones y ponche segoviano para curarnos la depre. Por la tarde, escuchamos a McEwan entrevistado con inteligencia por Juan Villoro en el teatro Juan Bravo. Ian, reconoció no haber leí­do a escritores espa?oles o hispanoamericanos contemporáneos y dijo que sus tres novelas favoritas eran Madame Bovary, Ulyses y Herzog. En fin, que la tarde prometí­a a pesar de que una tos tenaz se apoderaba de mi garganta. Luego, Carmen Posadas abortó con sus coqueteos y tonterí­as lo que pudo haber sido una charla interesante con Martin Amis. Una pena.

Habí­a oscurecido y una brisa helada anunciaba lluvia. Agotadas regresamos a la estación de La Sepulvedana. Al dí­a siguiente yo habí­a quedado con Norma, Silvia y Joaquí­n, pero los escalofrí­os me hicieron cambiar algo los planes.

19 septiembre 2006

De novelas...?Cómo empiezan?

20. "Nunca he dado principio a una novela con tanto recelo. Si la llamo novela es únicamente porque no sé qué otro nombre darle. Su valor anecdótico es escaso, y no acaba ni en muerte ni en boda. La muerte todo lo termina, y es, por lo tanto, adecuado final de cualquier narración; mas también concluye convenientemente lo que en bodas acaba, y yerran quienes, por alardear de avisados, hacen burla de aquellos desenlaces que la costumbre ha dado en llamar felices. Opina sanamente el vulgo que, sobre aquello que en desposorios termina, no es menester a?adir más. Cuando mujer y varón, tras la vicisitudes que se deseen, terminan por unirse, cumplen una función biológica, y el interés que suscitaron es trasladado a la generación venidera. Mas yo dejo al lector en el aire. Este libro está compuesto con mis recuerdos de un hombre a quien traté í­ntimamente con largos intervalos, y poco sé de lo que pudo acontecerle durante ellos. Supongo que ejercitando mi imaginación podré rellenar esos huecos y lograr, de esa manera, mayor coherencia para mi narración; pero no deseo hacerlo. Quiero limitarme a dejar escrito aquello que verdaderamente llegó a mi noticia"

14 septiembre 2006

De Tiresias y Apollinaire

Al hilo de lo aportado por Cangreja a La Cena:
Tiresias es un adivino griego que aparece en todos los episodios mitológicos relacionados con la ciudad deTebas. Fue él quien aconsejó que se entregara el trono de la ciudad al vencedor de la Esfinge; más tarde sus revelaciones conducirán a Edipo a descubrir el misterio que rodeaba su nacimiento y sus crí­menes involuntarios.
Tiresias era ciego desde joven. Según algunas versiones, su ceguera habí­a sido causada por la diosa Atenea, que le castigó así­ por haberla sorprendido mientras se ba?aba, aunque como compensación le concedió el don de ver el futuro. En la Odisea (Canto XI), Ulises irá a consultarle al Hades para averiguar las circunstancias en que se desarrollará su regreso a Itaca. Según otras versiones, Tiresias habrí­a sorprendido a dos serpientes mientras se apareaban y habí­a matado a la hembra, quedando convertido en mujer. Siete a?os más tarde, en circunstancias similares, mató al macho y recobró su sexo primitivo. Esta experiencia única hizo que Zeus y Hera recurrieran a él como árbitro en una discusión sobre quién, el hombre o la mujer, experimentaba más placer en el amor. Cuando Tiresias afirmó que la mujer experimenta nueve veces más placer que el hombre, Hera, indignada le castigó dejándole ciego, pero Zeus le otorgó el don de la profecí­a y una larga vida equivalente a la de siete generaciones humanas. Volveremos a encontrarle, en efecto, en el ciclo tebano, desde la época de Cadmo hasta la expedición de los Epí­gonos.
El significado esencial de la figura de Tiresias reside en su papel de mediador. Es ante todo, por sus dotes proféticas, un intermediario entre los dioses y los hombres, pero lo es también, por su condición andrógina, entre los hombres y las mujeres y, por la duración excepcional de su vida, entre los vivos y los muertos.
El personaje reaparece en la literatura europea en su doble carácter de profeta y de andrógino desde el Edipo rey de Sófocles (425 a.C.). En el drama surrealista de Apollinaire Las tetas de Tiresias (1917), Teresa, una joven feminista casada que se niega a tener hijos, se convierte en un "se?or mujer" después de liberarse de sus pechos y adoptar el nombre de Tiresias; su marido, en cambio, se ocupará de traer miles de hijos al mundo para repoblar la ciudad de Zanzí­bar. Teresa reaparece al final de la obra bajo los rasgos de una cartomántica, paródico vestigio del papel profético de Tiresias. La figura del adivino tebano desempe?a un papel importante en la obra del poeta inglés T.S.Elliot Terreno vago (1944), donde, a través de su función de adivino, puede aparecer como una figura simbólica del creador.

12 septiembre 2006

Las tetas de Tiresias

?Hola! ?Hola! He retomado mi relación con el ordenador, suspendida por el intenso y agradable verano. Espero que el vuestro también haya sido muy bueno.
Joaquí­n, me parece bien la idea de reunirnos el próximo martes. ?Ahora ya entiendo el humo que entraba por mi ventana!
Tení­a un escrito que habí­a hecho después de nuestra última tertulia y que finalmente no colgué por pereza, y auqnue resulte algo desfasado, os lo enví­o.

La hora palpita en los relojes pero nuestras calles no están solas. Llegamos a nuestro término, después de recorrer los mismos sitios que hací­a tres semanas, cumpliendo una vez más con el eterno retorno, cosa que nos remite a ese otro gran escritor mexicano que hemos leí­do no hace mucho, Juan Rulfo. Todo se repite, el tiempo es cĂíclico, como la estructura del relato y como los elementos que refuerzan esa circularidad: glorietas, esferas, rondas.
Para gran regocijo de los gorriones, las ca?as vienen acompa?adas de las deseadas patatas fritas. Estamos en un placentero rincón de Madrid que, afortunadamente, es una negación de esa otra ciudad formada por la voracidad de los políticos, escenario polvoriento de graşas que semejan mástiles de barcos inútiles habitados por marineros de cascos blancos y chalecos reflectantes.
La terracita está muy concurrida y destaca entre los murmullos nuestra caótica pero intensa tertulia. La lucha por la palabra es brutal. La urgencia por explicar y cerrar el relato apremia.
Pero el relato no se deja. Hay un tono oní­rico y surrealista acentuado por figuras retóricas como la personificación, distorsión del tiempo y el espacio, constante presencia de relojes y ojos, juegos de luces y sombras.
Como relato surrealista aquí no intervienen los mecanismos de control de la razón, la concepción de la realidad es diferente. Para Breton "la más fuerte imagen surrealista es aquella que muestre un grado de arbitrariedad más elevado".
Los efluvios de la cena posterior, colorida y exuberante, nos sumergen en ese mundo donde la delgada lí­nea que separa lo real de lo fantástico se quiebra y se vuelve a unir.

Y aquí­ va una reflexión de Baudrillard que me gusta mucho:
"A fuerza de proezas técnicas hemos alcanzado tal grado de realidad y objetividad, que podemos hablar de un exceso de realidad que nos deja mucho más ansiosos y desconcertados que el defecto de realidad que, por lo menos, podemos compensar con la utopía y lo imaginario, mientras que para el exceso de realidad no existe compensación ni alternativa".

Abrazos.

?Programa?

Hoy es martes 12 y, como prometí­, ya estoy de vuelta. Abro el correo y no hay más que "spams", pero en el Blog tengo "cosas" de Efí­mera y de Norma. ?Que bien! Y además con muy buenas ideas y programas. (Hecho en falta cosas de Cangreja y de Adla, no por otra razón sino porque también ellas son asiduas al Blog) y me he puesto a pensar... De tanto pensar, acabo de idear un plan de reencuentro para la temporada que, más que se avecina, ya está aquí.
Podriamos reunirnos el próximo martes 19, donde siempre, a las 7 y media, para contarnos las vacaciones, proponer lecturas, exponer nuevas ideas (yo mismo tengo alguna) y programar lo de Segovia que a mí­ me parece muy interesante. (En principio propondría pasar todos,- los que puedan,- un dí­a entero allí­. Paseando, viendo libros, entrando en alguna conferencia, etc... Para mi el dí­a ideal es el sábado 23. Habla mi "fuhrer" Vila-Matas. Pero será cuestión de tratarlo.) Para el jueves 21, tengo programada una charla sobre "JUAN RULFO.FIGURAS EN EL PÁRAMO" en la Casa de América a las 19,30. Con el escritor Jorge Volpi y Carlos Garcí­a Gual. (Muy apetecible). Luego, el viernes o sábado a Segovia. Serí­a un buen principio de curso.
Necesitarí­a la urgente contestación, por Blog o telefółnica, para poner en marcha la temporada (si es que os parece que sea así­) y para llamar de inmediato a las "Chicas sin blog" (que no se enteran)... Pura, Carmen, etc...
Lo de vernos el martes es porque es nuestro dí­a mágico y porque tengo, el viernes, boda en Sepúlveda que me va a ocupar ese dí­a y el siguiente, pero estoy abierto a cualquier otra posibilidad. Besos y muy hasta pronto.

08 septiembre 2006

Hay Festival

Lo he encontrado. Aquí­ está el programa (con los precios) en espa?ol:

http://www.hayfestival.com/segovia

Por cierto... las entradas son un poco caras. Es una forma de asegurar de que quienes asisten están muy interesados y de que los debates pueden ser interesantes, pero se les ha ido un poco la olla.

Hay-on-Wye.

Lo de Hay-on- Wye, town of books, que comentó en ABC a NF, se celebrará en Segovia entre el 21 y 24 de septiembre, creo que están intentando un fringe (programas de actividades paralelas y festivas), con bandas de jazz, etcétera. Dicen que van a venir Ian McEwan, Martin Amis,Doris Lessing, Juan Villoro, Eric Hobsbawn, Ian Gibson y también escritores espa?oles. Si os parece bien, podí­amos analizar si aprovechando el evento organizamos algo. Creo que la nuit blanche de Madrid es el 23, sólo se solaparí­a un dí­a, bueno, una noche. Hablamos.

07 septiembre 2006

Escritura muy rapida (por el calor)

Llegué el martes a Madrid. Por las noches me ahogaba (acostumbarado como estaba a la buena vida). Hoy acabo de morirme por esta semana y me largo de nuevo a mi campamento de El Escorial. Por eso escribo rapido, con el tiempo justo de leer el correo y los blogs pendientes. Creo que deberí­amos empezar el curso en Segovia, aprovechando la semana mágica de la Literatrura. Efí­mera nos prodrí­a contar en que consiste el evento. Yo como en el juego de la oca (de martes a martes y tiro porque me toca) vuelvo el próximo martes. Espero encontraros a todos bien. Llevo movil, aunque acostumbro a perderlo u olvidarlo. Pero funciona. (Lo que son las prisas)

04 septiembre 2006

Edith Wharton

Ahora el placer de "Los ni?os", una de las novelas menos conocidas de Warthon, es mucho mayor que sólo su vital actualidad. La acción trepida, los personajes son ricos y coherentes, las descripciones tienen precisión, las metáforas derrochan originalidad. Pero eso es algo que uno da por hecho en un nombre como Edith Warthon. Más aún cuando se leen oraciones tan brillantes que parecen sin esfuerzo: "Continuó abrazándola en silencio, escuchando el repiqueteo de la lluvia en la ventana a medio abrir y sintiendo el frí­o olor a cementerio de la tierra en oto?o...".
"La vejez no existe; sólo existe la pena. Con el paso del tiempo he aprendido que esto, aunque cierto, no es toda la verdad. Otro generador de vejez es el hábito: el mortí­fero proceso de hacer lo mismo de la misma manera a la misma hora dĂía tras dí­a, primero por negligencia, luego por inclinación, y al final por inercia o cobardí­a."Una mirada atrás", memorias de Edith Wharton.

30 agosto 2006

Muere Naguib Mahfuz

Naguib Mahfuz, el único escritor en lengua árabe premiado con el Nobel de Literatura, ha fallecido hoy a los 94 a?os de edad en el hospital de la policí­a de El Cairo. El novelista recibió ese galardón en 1988 y está considerado por la crí­tica el mayor cronista del Egipto actual. Ha muerto tras permanecer más de tres semanas en la Unidad de Cuidados Intensivos.
Mahfuz era el primer cultivador de la novela moderna en Egipto, considerado uno de los escritores árabes más innovadores. Su obra orbitaba en torno al hombre y su impotencia para luchar contra el destino y las convenciones sociales.

Más sobre Mahfuz: (he a?adido un espacio para que no se desconfigure el blog, hay que quitarlo y poner la dirección toda seguida).

http://www.elpais.es/articulo/cultura/Fallece/premio/Nobel/Literatura/ egipcio/Naguib/Mahfuz/elpporcul/20060830elpepucul_1/Tes/

De novelas... ?Cómo empiezan?

19. "Crimen y castigo" 1866 F.Dostoyevski.

26 agosto 2006

Promesa

Prometiste algo de El Ocnos, de Luis Cernuda, y Dios ha querido que lo cumplas :

El Tiempo

Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien.) Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraí­so primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte.
?A?os de ni?ez en que el tiempo no existe! Un dí­a, unas horas son entonces cifra de eternidad. ?Cuántos siglos caben en las horas de un ni?o?..

Pronto comenzarán las clases de El Mono Rojo y la tertulia de El Barandal, desde tu balcón ves los árboles titilar con una luz frí­a y las golondrinas ya se han marchado. Antes que el curso comience debes leer El hombre de nieve a unos ni?os, allí, en Los Montes.

Sonata de Verano II

Las paredes se balanceaban como los balandros durante las galernas de Getaría. Te chocabas contra las puertas. Rábano, el neurólogo, te hizo un escáner y te tranquilizó: es normal, la desaceleración produce vértigo. La pastilla que te sacó del país inestable te llevaría a un sopor que invalidaba y los libros esperaron cerrados. Luego, te miraste en el espejo y reconociste los ojos de simio. Por primera vez, lloraste.

Antes, el nueve de agosto, quedaste con Joaco para almorzar con Nacho Fernández, el director de Literaturas.com. Nacho no apareció, pero llamó Norma para invitarte a la comida que había organizado Joaquín Pérez-Minguez en El Escorial. Le pediste el teléfono de Nacho y él te confirmó que la cita era para el día anterior. Se movían las paredes y las fechas. Joaco, te consolaba: el ABC es muy bonito y en Perú el ochenta por ciento de las veces me dejan plantado. Nacho, tampoco le dio importancia a tu equivocación. Te sentías cansada y Jorge dijo que en Biarritz te curarías.

Llegasteis a casa de Carmen y Javier, Las Ondinas. La llave estaba en el lugar de siempre. Deshicisteis las maletas y os sentastéis en el porche. Luego, Carmen vestía de rosa y Javier colocaba los palos de golf. Brindasteis con las historias del año y el recuerdo de los amigos ausentes. El Oporto y los emplastes de algas te curaron el mareo y guardaste las pastillas en la maleta. Carmen y Javier te mimaban. Cenasteis con Eugenia Niño y Gema Súñer. Tú amiga Gema, te hizo notar que el verso no era de Salinas, sino de Neruda. Te tomaste otra copita de Oporto y soñaste con la sesión de algas del día siguiente. Me gustas cuando callas, porque estás como ausente…


El quince de agosto, bajasteis con Carmen y Javier a ver los fuegos artificiales a la playa y llamasteis a los amigos que pasaban el verano en Bremen. En el 2007, estaremos todos juntos, en vuestra casa, como siempre. Una palmera de luces dorada cayó sobre vuestras cabezas y le pediste al hada de las luces efímeras que se cumpliera vuestro deseo. Antes, el cuatro de agosto, a la una de la tarde, le habías pedido a la Virgen: no dejes que nos matemos. Y te lo había concedió. Tu solicitud había sido racional sin un atisbo de histeria, acaso imperativa, como meses antes habías exigido que se respetaran los derechos de tu clienta esquizofrénica. La sensación de muerte inminente, como la bofetada de una ráfaga de viento helado en el rostro, es inexorable. Lucía, tu amiga teóloga, te dijo meses antes que los milagros se debían pedir con una fuerza sobrehumana, por eso había tan pocos.

Sonata de Verano

A finales de julio las chicharras cantaban históricas en Ciempozuelos y los locos amodorrados por la medicación te miraban con ojos de simio. Ya habí­as concluido tu encargo --arrendamiento de servicios- a pesar de las trabas de los cuerdos. De vez en cuando regresas a una profesión, donde lo legal esclaviza a lo justo. Y luego, exhausta, te exilĂ­as entre relatos y novelas hasta que alguna circunstancia romántica te lleva a vestirte la armadura de nuevo.

Los amigos se marchaban haci­a Santander, Bruselas, Bremen y otros destinos y las escritoras de El Mono Rojo os llamabais para ayudaros y a la vez os recomendábais lecturas de estí­o. Los de la tertulia de El Barandal se desvanecí­an miedosos todaví­a de las mujeres de La Cena, de Alfonso Reyes. Todo estaba en calma y de nuevo partiste a Los Montes, donde la mirada y la risa de tus sobrinos cubrí­an de un halo mágico la existencia.

Cuatro de agosto, una de la tarde, entre Jaén y Granada. El volantazo hizo que el coche chocara contra el quitamiedos de la derecha. Luego, dio seis o siete trompos. Entró en la mediana y chocó contra el quitamiedos de la calzada contraria, rebotó y salió lanzado de nuevo hacia la mediana. Las adelfas y los arbustos actuaron de red que paró el vehĂ­culo. Tus padres y tú estabais vivos, rodeados de gente extra?a y misericordiosa que no dejaban de ayudaros y repetir la palabra: milagro.

La Compa?í­a de Seguros decí­a que os iba a llevar a la base y esa palabra hizo que tu madre llorara. Una voz salió de tu entra?a: Se?or - le inquiriste al chofer -, a la Clí­nica Santa Elena, allí­ nos esperan mi hermano y unos amigos médicos. Son cincuenta céntimos por kilómetro, repuso él. De acuerdo, respondiste. Y tus padres amedrentados se curaban poquito a poco de un temor primario y ancestral.

01 agosto 2006

De novelas...

Queridí­simos: he vuelto de Menorca. El mes de agosto estaré en Madrid. Me he alegrado mucho de encontraros en el blog. Envio mi peque?a contribución.

19. "En un atardecer muy caluroso de principios de Julio un joven salió de la peque?a buhardilla que tení­a alquilada en el pasadizo Stoliarny y se encamninó a paso lento y un tanto irresoluto hacia el puente Kamenny.
Habí­a logrado dar esquinazo a su patrona en la escalera. Su cuchitril se hallaba bajo la techumbre misma de un edificio alto de cinco plantas y más parecí­a alacena que habitación. La patrona que se lo alquilaba y le proveí­a de comida y servicio tení­a su propia vivienda en el piso inmediatamente inferior, y cuando el joven salí­a a la calle tení­a que pasar junto a la cocina de ella, cuya puerta, que daba a la escalera, estaba casi siempre abierta de par en par. Y cada vez que pasaba lo hací­a con cierta sensación de malestar y cobardí­a que le obligaba a fruncir el ce?o de pura vergüenza. Debí­a bastante dinero a la patrona y temí­a tropezar con ella."

?Vacaciones en el blog?

Ay, Efervescente. Estás leyendo en diagonal... y se te pierden palabras por el camino. He estado respondiendo tus postales de Santander, mira al final de tu mensaje, en los comentarios.

Además, tenemos un nuevo miembro en nuestro Barandal, ?Salud, Gato! Bienvenido: si has conseguido llegar hasta aquĂí, seguro que conseguirás encontrar la forma de participar e incorporar nuevos temas.

Estoy en Madrid, en una situación un poco precaria. Ayer y hoy me están pintando el piso. Para muestra un botón: ayer bajé a cambiarme y ducharme a los vestuarios de la piscina... hoy tengo hora con el masajista, pero no encuentro mi agenda así­ que tendré que llamar para preguntar la hora de la cita. Al menos, el ordenador y la conexión a Internet han vuelto a funcionar.

A partir de ma?ana -espero- volveré a la normalidad y escribiré "más bonito". Que estéis todos bien y disfrutando del verano, compa?eros de tertulia.