Si pudiera volverle la espalda a la idea agazapada en la oscuridad, si pudiera abstenerme de abrirle la puerta para dejarla entrar, ni siquiera cogería la pluma.
Pero alguna que otra vez se produce una gran explosión: cristales, ladrillos y astillas atraviesan violentamente la fachada y un personaje se yergue sobre los escombros, me agarra por el cuello y me dice dulcemente: “No te soltaré hasta que me pongas en palabras, sobre el papel”.
Richard Bach
(autor de Juan Salvador Gaviota)
27 diciembre 2006
24 diciembre 2006
La Rosa de Paracelso
En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, so?oliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El maestro fue el primero que habló.
- ?Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente –dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ?Quién eres y qué deseas de mí?
- Mi nombre es lo de menos –replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas de de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
- Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.
- El oro no me importa –respondió el otro-. Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me ense?es el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:
- El camino es la Piedra. El punto de partida es la piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:
- Pero, ?hay una meta?
Paracelso se rió.
- Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un Camino.
Hubo un silencio, y dijo el otro:
Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos a?os. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
- ?Cuándo? –dijo con inquietud Paracelso.
- Ahora mismo –dijo con brusca decisión el discípulo.
Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.
El muchacho elevó en el aire la rosa.
- Es fama –dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por otra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.
- Eres muy crédulo –dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.
El otro insistió.
- Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
- Eres crédulo –dijo-. ?Dices que soy capaz de destruirla?
- Nadie es incapaz de destruirla –dijo el discípulo.
- Estás equivocado. ?Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ?Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
- No estamos en el Paraíso –dijo tercamente el muchacho-, aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
- ?En qué otro sitio estamos? ?Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ?Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
- Una rosa puede quemarse –dijo con desafío el discípulo.
- Aún queda fuego en la chimenea –dijo Paracelso.
- Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
- ?Una palabra? –dijo con extra?eza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ?Qué habías para que resurgiera?
Paracelso le miró con tristeza.
- El atanor está apagado –repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
- No me atrevo a preguntar cuáles son –dijo el otro con astucia o con humildad.
- Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos ense?a la ciencia de la Cábala.
El discípulo dijo con frialdad:
- Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:
- Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.
El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
- Además, ?quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ?Qué has hecho para merecer semejante don?
El otro replicó, tembloroso:
- Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos a?os que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
- Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá estén en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.
Se arrodilló, y le dijo:
- He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Se?or exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ?Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?
Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompa?ó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue pu?ado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.
Jorge Luís Borges.
El maestro fue el primero que habló.
- ?Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente –dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ?Quién eres y qué deseas de mí?
- Mi nombre es lo de menos –replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas de de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
- Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.
- El oro no me importa –respondió el otro-. Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me ense?es el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:
- El camino es la Piedra. El punto de partida es la piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:
- Pero, ?hay una meta?
Paracelso se rió.
- Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un Camino.
Hubo un silencio, y dijo el otro:
Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos a?os. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
- ?Cuándo? –dijo con inquietud Paracelso.
- Ahora mismo –dijo con brusca decisión el discípulo.
Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.
El muchacho elevó en el aire la rosa.
- Es fama –dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por otra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.
- Eres muy crédulo –dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.
El otro insistió.
- Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
- Eres crédulo –dijo-. ?Dices que soy capaz de destruirla?
- Nadie es incapaz de destruirla –dijo el discípulo.
- Estás equivocado. ?Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ?Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
- No estamos en el Paraíso –dijo tercamente el muchacho-, aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
- ?En qué otro sitio estamos? ?Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ?Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
- Una rosa puede quemarse –dijo con desafío el discípulo.
- Aún queda fuego en la chimenea –dijo Paracelso.
- Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
- ?Una palabra? –dijo con extra?eza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ?Qué habías para que resurgiera?
Paracelso le miró con tristeza.
- El atanor está apagado –repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
- No me atrevo a preguntar cuáles son –dijo el otro con astucia o con humildad.
- Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos ense?a la ciencia de la Cábala.
El discípulo dijo con frialdad:
- Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:
- Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.
El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
- Además, ?quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ?Qué has hecho para merecer semejante don?
El otro replicó, tembloroso:
- Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos a?os que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
- Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá estén en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.
Se arrodilló, y le dijo:
- He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Se?or exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ?Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?
Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompa?ó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue pu?ado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.
Jorge Luís Borges.
La Palabra
"En el principio ya existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros… ".
22 diciembre 2006
De Ramales a Los Vosgos
Te marchaste de Madrid sin escribir la crónica de Ramales. Recuerdas que ya había oscurecido pero la temperatura todavía era agradable. La plaza sin las sombrillas y las palomas era sólo un espacio irregular de fachadas históricas sin armonía entre ellas. Acaso su fealdad cenicienta, de legionarios con móviles y edificios a medio construir te hacían quererla como a esa amiga medio cieguita que te llena de congoja. O acaso la melancolía inusitada surgía de aquellos inviernos en que la atravesabas camino de la Escuela.
Te has ido de la crónica
Aquí, de nuevo, sentada enfrente de la mesa, pero qué mesa, la del café de Ramales o la del Café Hugo en la Plaza des Vosgues. En Paris diluviaba, pasaste la ma?ana en la Shakespeare & Company, luego visitaste las librerías de viejo de la rue de la B?cherie, cuyos escaparates ense?aban libros de Witoldo. El viento sacudía los paraguas y no te dejaba abrir los ojos, más tarde, empapada, te enamoraste de Dora Maar aux ongles verts.
La casa de Víctor Hugo continuaba en una de las esquinas de la plaza.
De nuevo, suena el móvil
Joaquín es el primero que llegó a Ramales, la camarera, una joven robusta de Angola, nos aconsejó que no leyéramos demasiado, un poco sí, pero no mucho, mi tía sabía cinco idiomas y tenía tres carreras, allí, en Luanda, y un día comenzó a hablar con los espejos, nos contaba con cara circunspecta mientras nos servía el café con leche y las magdalenas, ya os digo, poquito, que termináis como mi tía que ya solo atiende a los espejos. Joaquín y yo nos reíamos y entre sorbitos yo le contaba que en Paris había una plaza cuadrada con un jardín central rodeado de mansiones del diecisiete y que Víctor Hugo siempre escribía de pie. Y se ve que Hemingway le imitó el hábito, Joaquín, aunque el americano a maquina, allí en Cuba, donde vive una amiga medio cieguita que me llena de congoja.
Te has ido de la crónica
Aquí, de nuevo, sentada enfrente de la mesa, pero qué mesa, la del café de Ramales o la del Café Hugo en la Plaza des Vosgues. En Paris diluviaba, pasaste la ma?ana en la Shakespeare & Company, luego visitaste las librerías de viejo de la rue de la B?cherie, cuyos escaparates ense?aban libros de Witoldo. El viento sacudía los paraguas y no te dejaba abrir los ojos, más tarde, empapada, te enamoraste de Dora Maar aux ongles verts.
La casa de Víctor Hugo continuaba en una de las esquinas de la plaza.
De nuevo, suena el móvil
Joaquín es el primero que llegó a Ramales, la camarera, una joven robusta de Angola, nos aconsejó que no leyéramos demasiado, un poco sí, pero no mucho, mi tía sabía cinco idiomas y tenía tres carreras, allí, en Luanda, y un día comenzó a hablar con los espejos, nos contaba con cara circunspecta mientras nos servía el café con leche y las magdalenas, ya os digo, poquito, que termináis como mi tía que ya solo atiende a los espejos. Joaquín y yo nos reíamos y entre sorbitos yo le contaba que en Paris había una plaza cuadrada con un jardín central rodeado de mansiones del diecisiete y que Víctor Hugo siempre escribía de pie. Y se ve que Hemingway le imitó el hábito, Joaquín, aunque el americano a maquina, allí en Cuba, donde vive una amiga medio cieguita que me llena de congoja.
18 diciembre 2006
NAVIDADES
Mientras las familias se juntan, la literatura parece dispersarse en Navidades. Las letras escapan del calor de los diccionarios y vagabundean por lugares inhóspitos y frios. Me pica la garganta y en ocasiones la voz se me detiene. Me ocurre con frecuencia, sobre todo cuando no escribo. Me dedico a leer cuentos rusos. No de Gogol ni de Tolstoi ni de Dostoiewski, ni siquiera de Chejov, (aunque más me valiera). Son historias de "no escritores" rusos que escriben. Recorro bibliotecas. El jueves tengo audición de Haikus. Los leerá una japonesa. El Haiku reclama una caligrafía y una declamación propia. Imagino que pasaré las Navidades en El Escorial pero no lo tengo seguro. No me gustan las calefaciones excesivas y tengo que cojer el punto para no pasar frio. Atrapo las letras que me llegan perdidas y construyo algunas palabras sin sentido. Las detengo en la pantalla del blog. Ma?ana es martes y deberé afeitarme.
08 diciembre 2006
Pamuk, último Nobel de Literatura, en Suecia
Os paso el enlace a un artículo de El País, en el que comentan el discurso al recibir el Nobel.
http://www.elpais.com/articulo/Pamuk/construye/encendida/defensa/papel/literatura/discurso/Nobel/elpepucul/20061207elpepucul_2/Tes
http://www.elpais.com/articulo/Pamuk/construye/encendida/defensa/papel/literatura/discurso/Nobel/elpepucul/20061207elpepucul_2/Tes
02 diciembre 2006
De novelas... ?Cómo empiezan?
24. Soy un hombre enfermo... Soy un hombre despechado. Soy un hombre antipático. Creo que padezco del hígado. sin embargo, no sé nada de mi dolencia ni sé a ciencia cierta de qué padezco. No estoy en tratamiento ni nunca lo he estado, aunque siento respeto por la medicina y los médicos. Por a?adidura, soy sumamente supersticioso, al menos lo suficiente para respetar la medicina. (Soy lo bastante culto para no ser supersticioso, pero soy supersticioso.) No se?or, me niego a ponerme en tratamiento por puro despecho. He ahí algo que ustedes probablemente no comprenden. Ahora bien, yo sí lo comprendo. Yo, por supuesto, no sabría explicarles contra quién precisamente va dirigido mi despecho en este caso; sé perfectamente que no puedo "jorobar"a los médicos por el hecho de no consultar con ellos; sé mejor que nadie que el único perjudicado en esto soy yo y sólo yo. En todo caso, si no me pongo en tratamiento es por despecho. ?Que mi higado está mal? ?Bueno, pues que se ponga peor!
Así llevo viviendo desde hace largo tiempo: unos veinte a?os. Ahora tengo cuarenta. Antes era funcionario público, pero ahora no lo soy. Era un mal funcionario: grosero y gustoso de serlo. En todo caso no me dejaba sobornar, por lo que eso, al menos, me servía de compensación.
23 noviembre 2006
Surfeando por las olas del espacio
Lamento ser tan prosaica en mi entrada. No llevo una temporada prolífica sino todo lo contrario.
He caído en la redes de Telefónica. Cambio de ordenador, a un portátil, y he contratado ADSL wifi. Ahora ya podré hacer pruebas e inventos con nuestro barandal, pero sin cargarme nada. Porque me han dicho que hay unos programitas que te bajan todo el blog al ordenador, para trabajar en local, y cuando estás seguro de lo que has hecho lo puedes subir sin riesgo a perder e?es por el camino, ni otros signos de esos que sólo notas su importancia cuando de repente, desaparecen de la página sin dejar rastro.
Tengo Ferdidurke. Es mío. Lo he comprado.
Pero aún no lo he hecho mío. No he llegado ni a la página diez.
Espero empaparme el próximo martes, con vuestras intervenciones.
Hoy he estado en el Centro de Arte Moderno.
Exposición en torno a Julio Cortazar.
Me llevé una agradable sorpresa: Mariángeles Fernández estaba allí, era una de las artífices de la exposición que giraba en torno a una investigación suya y muchas fotos por Italia, de su cámara.
La exposición surgió por un poema de Luisa ?Jodorowsky?, argentina, que envía a Cortazar. Cortazar, separado, lo recibe en su casa de París y, emocionado, se sienta y le escribe una carta. En realidad la exposición surgió por el hallazgo de la carta de Cortazar a Luisa. A partir de allí comienzan a investigar y contactan con Luisa, quien reconoce que la carta está dirigida a ella y que es la autora del poema. Mariangeles viaja a Roma y hace fotos de varios sitios significativos de la vida de Cortazar en Roma y mencionados en esa carta.
Fue muy, muy interesante. A la inauguración de la exposición asistió la poeta, Luisa, que contó alguna anécdota de su relación con Cortazar.
Os la recomiendo. El Centro de Arte Moderno --peque?ito-- está en c/Gobernador 25, en el Barrio de las Letras, llegando al P? del Prado. (Veamos si mantenemos el símbolo "?", o lo hemos perdido también en el naufragio).
He caído en la redes de Telefónica. Cambio de ordenador, a un portátil, y he contratado ADSL wifi. Ahora ya podré hacer pruebas e inventos con nuestro barandal, pero sin cargarme nada. Porque me han dicho que hay unos programitas que te bajan todo el blog al ordenador, para trabajar en local, y cuando estás seguro de lo que has hecho lo puedes subir sin riesgo a perder e?es por el camino, ni otros signos de esos que sólo notas su importancia cuando de repente, desaparecen de la página sin dejar rastro.
Tengo Ferdidurke. Es mío. Lo he comprado.
Pero aún no lo he hecho mío. No he llegado ni a la página diez.
Espero empaparme el próximo martes, con vuestras intervenciones.
Hoy he estado en el Centro de Arte Moderno.
Exposición en torno a Julio Cortazar.
Me llevé una agradable sorpresa: Mariángeles Fernández estaba allí, era una de las artífices de la exposición que giraba en torno a una investigación suya y muchas fotos por Italia, de su cámara.
La exposición surgió por un poema de Luisa ?Jodorowsky?, argentina, que envía a Cortazar. Cortazar, separado, lo recibe en su casa de París y, emocionado, se sienta y le escribe una carta. En realidad la exposición surgió por el hallazgo de la carta de Cortazar a Luisa. A partir de allí comienzan a investigar y contactan con Luisa, quien reconoce que la carta está dirigida a ella y que es la autora del poema. Mariangeles viaja a Roma y hace fotos de varios sitios significativos de la vida de Cortazar en Roma y mencionados en esa carta.
Fue muy, muy interesante. A la inauguración de la exposición asistió la poeta, Luisa, que contó alguna anécdota de su relación con Cortazar.
Os la recomiendo. El Centro de Arte Moderno --peque?ito-- está en c/Gobernador 25, en el Barrio de las Letras, llegando al P? del Prado. (Veamos si mantenemos el símbolo "?", o lo hemos perdido también en el naufragio).
21 noviembre 2006
Después de haber leído vuestras valiosas y polémicas aportaciones sobre trama y final, y apuntando en otra dirección, se me ocurre algo más.
Hace poco fui a ver una exposición de arte fractal y creo reconocer en la novela una estructura muy parecida a esos insólitos cuadros, que también tienen que ver con la teoría del caos.
"Un fractal es un objeto geométrico cuya estructura básica se repite en diferentes escalas. El término fue propuesto por Benoît Mandelbrot en 1975. En muchos casos los fractales pueden ser generados por un proceso recursivo o iterativo capaz de producir estructuras autosimilares independientemente de la escala específica. Los fractales son estructuras geométricas que combinan irregularidad y estructura".
Hace poco fui a ver una exposición de arte fractal y creo reconocer en la novela una estructura muy parecida a esos insólitos cuadros, que también tienen que ver con la teoría del caos.
"Un fractal es un objeto geométrico cuya estructura básica se repite en diferentes escalas. El término fue propuesto por Benoît Mandelbrot en 1975. En muchos casos los fractales pueden ser generados por un proceso recursivo o iterativo capaz de producir estructuras autosimilares independientemente de la escala específica. Los fractales son estructuras geométricas que combinan irregularidad y estructura".
15 noviembre 2006
Cosmos, la trama, y otros pollos
De las definiciones de trama que contempla el diccionario de la RAE, podemos elegir dos. La primera, susurra ecos jamesianos: conjunto de hilos que, cruzados y enlazados con los de la urdimbre, forman una tela. El autor de Otra vuelta de tuerca utilizaba el símil de la tela para explicar cómo se debía escribir una novela. La segunda (cuarta para la RAE) y menos evocativa nos dice: disposición interna, contextura, ligazón entre las partes de un asunto u otra cosa, y en especial el enredo de una obra dramática o novelesca.
Aristóteles, en la Poética, epígrafe XVIII, nos instruía:
“Son propios de toda tragedia tanto el nudo como el desenlace. Lo de fuera y algunas cosas de dentro son muchas veces el nudo, y lo demás el desenlace. Digo que es nudo, la parte desde el principio hasta esa parte que es el extremo a partir del cual se cambia a la felicidad o a la desgracia; y desenlace, la parte desde el comienzo del cambio hasta el final.
Antes, en el epígrafe VIII (30), afirmaba:” Es preciso, entonces, que así como en las demás artes imitativas la imitación única lo es de una sola cosa, también la trama como imitación de una acción, lo sea de una sola y de toda ella y también es preciso componer las partes de los hechos de tal manera que, cambiada o anulada alguna parte, se transforme o modifique el todo. Pues aquello que, estando o no estando no hace nada notable, no es ninguna parte del todo”.
Y antes de irme a almorzar, releo:
“ Bertold Brecht, en sus críticas a la ortodoxia estética estalinista la había calificado indirectamente de aristotélica, porque, en efecto, los principios que exigía Luckács al realismo socialista, el de la unidad formal en la que deberían realizarse las contradicciones de la historia en la obra de arte; el de la unidad orgánica (concebida como trama de sucesos casualmente interrelacionados) así como su concepción del personaje como “ carácter típico”, es decir como héroe positivo “que expresara” el movimiento de las fuerzas sociales combinando la concepción arquetípica del personaje de Aristóteles con el carácter individualizado como tipo del realismo decimonónico para promover, así, la identificación con el héroe, por parte del lector…”.
“Brecht calificó su propia teoría del realismo de anti-aristotélica, lo cual era un modo de atacar a sus adversarios. BB ya no hace de la mimesis sino de la ruptura con este principio su alternativa estética desautomatizadora, experimental pero a la vez comprometidamente social: repudio de la trama interconectada, de la unidad y universalidad de la acción…”.
Adios, que se me enfría el pollo.
13 noviembre 2006
De novelas...
Arranque.
22. El martes me desperté a esa hora inanimada y nula en que la noche ya está por terminar y sin embargo todavía no ha nacido el alba. Descansaba en una luz turbia y mi cuerpo sentía un temor mortal que me oprimía el alma, y el alma a su vez oprimía el cuerpo..., y hasta la menor de mis partículas se contorsionaba en el presentimiento atroz de que no ocurriría nada, nada cambiaría, nunca pasaría nada, y aun cualquier cosa que se emprendiese no sucedería nada y nada. Los sue?os, que me habían despertado luego de molestarme durante la noche, explicaban las razones de ese espanto.
22. El martes me desperté a esa hora inanimada y nula en que la noche ya está por terminar y sin embargo todavía no ha nacido el alba. Descansaba en una luz turbia y mi cuerpo sentía un temor mortal que me oprimía el alma, y el alma a su vez oprimía el cuerpo..., y hasta la menor de mis partículas se contorsionaba en el presentimiento atroz de que no ocurriría nada, nada cambiaría, nunca pasaría nada, y aun cualquier cosa que se emprendiese no sucedería nada y nada. Los sue?os, que me habían despertado luego de molestarme durante la noche, explicaban las razones de ese espanto.
08 noviembre 2006
Pobres padres
No sé qué ocurrió en la tertulia del otro día, pero Cosmos termina a tiempo porque no tiene trama, lo que la vincula al Nouveau Roman. De hecho, creo que es un diario “novelizado”, donde solo importan el lenguaje- el uso constante de la homeología nos lleva a una cosmovisión repetitiva, enojosa, tediosa e inútil- y la Weltanschuung ( psicoanalista, surrealista, existencialista, mágica) de un Witold escritor, narrador y protagonista (ruptura del pacto ficción). Cosmos, con una estructura de monólogo helicoidal nos sumerge en las obsesiones de un héroe post-moderno, que un día salió de su casa para intentar aprobar un examen, al menos, y pasado el verano regresa, sin haber estudiado nada, de nuevo a su hogar: hoy en el almuerzo comimos pollo relleno.
Caos o Cosmos
Por mi parte, encantada de continuar con Gombrowicz pues el libro me pareció apasionante, pero tiene tantos simbolismos que va a ser muy apropiada una segunda apuesta por este autor para despejar dudas.
Cosmos: vocablo que viene del griego y significa, en general, sistema ordenado o armonioso.
Había hecho un resumen de lo que conté el martes y espero no ser demasiado caótica.
Los personajes del libro están inmersos en una lucha entre el caos y el orden. Cuando uno es ni?o o joven vive en el caos, es atrevido, gusta del riesgo. Al ir madurando, se reprimen los deseos, existe más inseguridad, más temores.
A través de los diferentes personajes, el autor describe la influencia de la familia, la religión, la escuela, el trabajo, el matrimonio, instituciones que van sometiendo al hombre a ese orden, a la forma. En definitiva, es la falta de libertad lo que posibilita un orden dentro del caos.
En la novela se pone en cuestión el intento de encontrar un sentido a la vida, de comprender la realidad, de llegar a conocernos y conocer a los demás, etc.
La realidad es construida a partir de la propia percepción y obsesiones. “El secreto de la relación entre las bocas era yo mismo, esa relación se realizaba en mi solo yo”, dice Witold, el narrador.
La comunicación con los demás es difícil, casi imposible. El lenguaje la entorpece, pues no sabemos realmente el significado de las palabras. ?Se puede llegar a saber lo que es la belleza, el amor? Gombrowicz emplea palabras inventadas, frases absurdas, incoherencias. Pienso que en eso enlaza con Ionesco.
Es obsesivo en la utilización del microcosmos y su contrapunto, el macrocosmos. Continuamente pasa de elementos insignificantes al cielo y a las nubes, en una búsqueda del orden. “?Cuántos significados podrían extraerse de esos cientos de hierbajos... y peque?os detalles? ... miré la casa y el jardín y esas grandes formas sintéticas me devolvieron el orden”.
El ambiente es opresivo: calor, objetos punzantes, cortantes, metálicos, oscuridad, suciedad.
Gran fuerza del paisaje y de los objetos. Recurre a la personalización. Se refuerza con ellos la sensación de soledad. “Uno está ausente... debido a las relaciones fragmentarias, caóticas, huidizas... con lo que nos rodea”.
Creo que, aunque los objetos nos ayudan a vivir, como dice Pepe, también nos someten a su tiranía y nos volvemos consumidores en lugar de seres humanos.
Es importante la presencia de la pulsión sexual. La represión sexual lleva a la violencia. Las relaciones se vuelven sadomasoquistas: “si deseaba matarla es porque ella me amaba”, dice Witold.
Fuks dise?a un juego de ruleta, aunque sabe que no servirá para nada: inutilidad de los actos, el azar, la arbitrariedad de los procesos para llegar a la forma.
Ludwik muere porque representa el orden, la forma: es meticuloso, educado, habla de la organización racional del mundo. Su suicidio me conecta con un artículo que leí hace unos días sobre la vida en Noruega, donde la vida es fácil, con una red de servicios sociales excelente, pero un índice de suicidios altísimo. Me imagino que ese mundo tan ordenado hace que se carezca de deseos y conduce a la muerte.
El libro comienza con sol pero todo está negro y termina con una noche luminosa, justo lo contrario. El diluvio arrastra y lava todo. Se acaban las fantásticas conjeturas, vuelven al mundo que los condiciona: “todo caía, se derrumbaba”.
Cosmos: vocablo que viene del griego y significa, en general, sistema ordenado o armonioso.
Había hecho un resumen de lo que conté el martes y espero no ser demasiado caótica.
Los personajes del libro están inmersos en una lucha entre el caos y el orden. Cuando uno es ni?o o joven vive en el caos, es atrevido, gusta del riesgo. Al ir madurando, se reprimen los deseos, existe más inseguridad, más temores.
A través de los diferentes personajes, el autor describe la influencia de la familia, la religión, la escuela, el trabajo, el matrimonio, instituciones que van sometiendo al hombre a ese orden, a la forma. En definitiva, es la falta de libertad lo que posibilita un orden dentro del caos.
En la novela se pone en cuestión el intento de encontrar un sentido a la vida, de comprender la realidad, de llegar a conocernos y conocer a los demás, etc.
La realidad es construida a partir de la propia percepción y obsesiones. “El secreto de la relación entre las bocas era yo mismo, esa relación se realizaba en mi solo yo”, dice Witold, el narrador.
La comunicación con los demás es difícil, casi imposible. El lenguaje la entorpece, pues no sabemos realmente el significado de las palabras. ?Se puede llegar a saber lo que es la belleza, el amor? Gombrowicz emplea palabras inventadas, frases absurdas, incoherencias. Pienso que en eso enlaza con Ionesco.
Es obsesivo en la utilización del microcosmos y su contrapunto, el macrocosmos. Continuamente pasa de elementos insignificantes al cielo y a las nubes, en una búsqueda del orden. “?Cuántos significados podrían extraerse de esos cientos de hierbajos... y peque?os detalles? ... miré la casa y el jardín y esas grandes formas sintéticas me devolvieron el orden”.
El ambiente es opresivo: calor, objetos punzantes, cortantes, metálicos, oscuridad, suciedad.
Gran fuerza del paisaje y de los objetos. Recurre a la personalización. Se refuerza con ellos la sensación de soledad. “Uno está ausente... debido a las relaciones fragmentarias, caóticas, huidizas... con lo que nos rodea”.
Creo que, aunque los objetos nos ayudan a vivir, como dice Pepe, también nos someten a su tiranía y nos volvemos consumidores en lugar de seres humanos.
Es importante la presencia de la pulsión sexual. La represión sexual lleva a la violencia. Las relaciones se vuelven sadomasoquistas: “si deseaba matarla es porque ella me amaba”, dice Witold.
Fuks dise?a un juego de ruleta, aunque sabe que no servirá para nada: inutilidad de los actos, el azar, la arbitrariedad de los procesos para llegar a la forma.
Ludwik muere porque representa el orden, la forma: es meticuloso, educado, habla de la organización racional del mundo. Su suicidio me conecta con un artículo que leí hace unos días sobre la vida en Noruega, donde la vida es fácil, con una red de servicios sociales excelente, pero un índice de suicidios altísimo. Me imagino que ese mundo tan ordenado hace que se carezca de deseos y conduce a la muerte.
El libro comienza con sol pero todo está negro y termina con una noche luminosa, justo lo contrario. El diluvio arrastra y lava todo. Se acaban las fantásticas conjeturas, vuelven al mundo que los condiciona: “todo caía, se derrumbaba”.
07 noviembre 2006
Por alusiones
En Cosmos, el sol actúa como correlato objetivo. Parece que a Witold – protagonista, narrador y escritor-, el sol le afecta como a Meursault, el protagonista de El Extranjero, de Camus. Acaso la textura narrativa, al describir el calor, es menos expresiva que en El Extranjero. Witold asesina a un gato y Meursault a un árabe. Witold también se parece al protagonista de La Nausea, de Sartre. Como nos relata Sábato en el prólogo de Ferdydurke, Gombrowicz juega con las ideas del existencialismo: la nada, la libertad, la autenticidad y la angustia, pero en el caso de Cosmos la que le entra al lector con la inmadurez del protagonista.
Cosmos nos lleva al psicoanálisis, no hay que olvidar que Witold es un fetichista: la boca deformada de Katasia, la boca de Lena. Y las manos, manos, manos (por cierto, Homeología: figura del lenguaje, repetición enojosa, tediosa, o inutil). Pulsión sexual reprimida. La violación de un dormitorio. Eros y Tanatos. Y de la obra de Freud al surrealismo.Recuerdo a Max Ernst, quien podría haber dibujado el hilo – como en A la primera palabra pura, 1923- atado al pájaro y a la boca de Lena.
En fin, ahora llueve mucho.
?Donde están las e?es?
Convertidas en signos de interrogación, las e?es parecen haber sido metamorfoseadas por un aciago demiurgo. ?Se podrán algún día recuperar para la causa? Mientras tanto me alucino con la lectura de Ferdydurke cuya filosofía sobre la inmadurez me está llegando de un modo inesperado. Me gusta todavía más que Cosmos y entiendo que es muy congruente la lectura "seguida" de ambos libros para que los ánimos no se enfríen. El final, un tanto abrupto, de nuestra anterior tertulia dejó muchas puertas y ventanas abiertas que no hacen sino ventilar nuestras mentes y espíritus.
Nos faltó mucho por escuchar de Adla y todo de Ana que a estas alturas imagino ya formando parte del Caos. Nos faltó sobre todo la palabra de Pura, de Carmen y de Sara. La tertulia sobre Gombrowicz quedó abierta, y no queda más que retomarla. Y que Sara nos cuente lo de los correlatos, que yo tan malamente supe explicar. (Y, por cierto, algo que quería contar. El otro grupo convocó una proxima tertulia para fin de més, en cualquier fecha que no sea martes, por ser nuestro día. Hemos ganado la batalla.) Ahora tengo un poco de faringitis pero pronto se me va a pasar, lástima que no esté por aquí Lena para cuidarme.
Nos faltó mucho por escuchar de Adla y todo de Ana que a estas alturas imagino ya formando parte del Caos. Nos faltó sobre todo la palabra de Pura, de Carmen y de Sara. La tertulia sobre Gombrowicz quedó abierta, y no queda más que retomarla. Y que Sara nos cuente lo de los correlatos, que yo tan malamente supe explicar. (Y, por cierto, algo que quería contar. El otro grupo convocó una proxima tertulia para fin de més, en cualquier fecha que no sea martes, por ser nuestro día. Hemos ganado la batalla.) Ahora tengo un poco de faringitis pero pronto se me va a pasar, lástima que no esté por aquí Lena para cuidarme.
05 noviembre 2006
Ejem...
... creo que me he cargado el blog.
Estaba intentando copiarlo al disco duro, para hacer copias digitales para todos, y me he cargado el formato. He estado intentando recuperarlo y creo que casi lo he conseguido. He recuperado casi todos los acentos, pero no consigo recuperar las "?".
Aunque sea muy tedioso, os pido si podéis repasar vuestras entradas para corregir las erratas que se hayan colado. Por ejemplo, todavía no he corregido los comentarios. (No tengo ADSL y mi línea va muy lenta).
?Lo siento!
Estaba intentando copiarlo al disco duro, para hacer copias digitales para todos, y me he cargado el formato. He estado intentando recuperarlo y creo que casi lo he conseguido. He recuperado casi todos los acentos, pero no consigo recuperar las "?".
Aunque sea muy tedioso, os pido si podéis repasar vuestras entradas para corregir las erratas que se hayan colado. Por ejemplo, todavía no he corregido los comentarios. (No tengo ADSL y mi línea va muy lenta).
?Lo siento!
01 noviembre 2006
Lena
Tal vez no fuera tan casquivana, pero estoy casi seguro de que se la pegaba a Ludwik, su marido, que era un soso.
30 octubre 2006
Witold Gombrowicz
Notas para la Tertulia de ma?ana. (No copio todo el texto para no aburrir a quienes no quieran leer los artículos enteros, pero están interesantes. Uno de anécdotas, otro de filosofía y otro de biografía):
1) Biografía: www.elortiba.org/gombr.html
2) Prólogos de Ferdydurke (de Ernesto Sábato y del propio Witold Gombrowicz): http://elbroli.free.fr/escritores/gombrowicz/gombrowicz.html
3) El Polaco corrosivo: www.clarin.com/suplementos/cultura/2006/02/11/u-01139745.htm
1) Biografía: www.elortiba.org/gombr.html
2) Prólogos de Ferdydurke (de Ernesto Sábato y del propio Witold Gombrowicz): http://elbroli.free.fr/escritores/gombrowicz/gombrowicz.html
3) El Polaco corrosivo: www.clarin.com/suplementos/cultura/2006/02/11/u-01139745.htm
24 octubre 2006
Cumplimos un a?o
El próximo dos de noviembre, hace un a?o que Norma comenzaba a mandarnos mensajes para que escribiéramos en el blog. Poco a poco nos animamos uno a otras y otras a uno - ahora dos -, para, con cierta timidez, ir estructurando el diario de nuestra tertulia literaria. Como Gato es el último que se ha incorporado- y de forma sigilosa -, le toca llevar la tarta a la proxima cita. Efervescente, llevará la vela. Aunque como gato me salvó de una pulmonía, a lo mejor llevo yo una de calabaza, por eso de Halloween. En fin, felicidades. Se me olvidaba: gato con guantes no caza ratones. Antes de irme: me han recomendado Dientes blancos, de Zadie Smith.
Ah!, la estructura redonda, volvemos al origen, ?os acordáis de la gata de Norma? De gata a gato. seguro que no es casualidad. Hoy, al cruzar la calle vi un gato de angora, y al paso que voy termino como Witold.
23 octubre 2006
Idea, de Guillermo Pérez Villalta
El pasado jueves, Gemma Sá?er y Eugenia Ni?o - editoras de Vuela Pluma- organizaron en la librería Panta Rei, la presentación del libro Idea, donde se recogen los bocetos romanos del pintor Guillermo Pérez Villalta. Los relatos bien estructurados y amenos de Jesús Marchamalo dibujaron en nuestras caras melancólicas y húmedas sonrisas de ni?os, que se convirtieron en carcajadas cuando al final las las propietarias y libreras nos regalaron eso que mis sobrinos llaman chuches. La lluvia y los atascos impidieron que llegaran mís amigos, pero se pasearon entre los anaqueles: Miguel Doce, Mariana Laín, Guillermo Salafranca, Sean MacKaoui, alumnas de El Mono Rojo, y el mono también. Faltaron los barandales ( shandys castizos).
Espero que ya sepáis a quién pertenece el palito y el hilo que adorna el salón de vuestra casa. Hasta pronto.
18 octubre 2006
14 octubre 2006
De novelas... ?Cómo empiezan?
22. Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: "Madre fallecida. Entierro ma?ana. Sentido pésame". Nada quiere decir. Tal vez fue ayer.
El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús de las dos y llegaré por la tarde, así podré velarla y regresaré ma?ana por la noche. He pedido a mi patrón dos días de permiso que no me podía negar con una excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué incluso a decirle: "No es culpa mía". No respondió. Pensé entonces que no debía habérselo dicho. Por supuesto, no tenía por qué disculparme. Era a él, más bien, a quien correspondía darme el pésame. Pero lo hará sin duda pasado ma?ana, cuando me vea de luto. Por el momento, es un poco como si mamá no hubiese muerto. Después del entierro, por el contrario, será un asunto resuelto y todo habrá revestido un aire más oficial.
Prisionera de la red
?Ah...! Tolero la impaciencia de esperar que baje la información por Internet haciendo solitarios: 10-9-8-7-6, alterno rojas y negras. Hace a?os leí en un libro, cuyo nombre no recuerdo, el monólogo de una enferma de cáncer terminal, que mientras hacía solitarios so?aba "si gano esta partida será que he vencido a la muerte". Jugarse la vida a cara o cruz, cuando la suerte ya está echada...
Ha nacido Martín y mi amigo Sergio (el padre) dice que es puro ojos. Nos lo ha contado en un mensaje, pero el móvil no es suficiente para tanta emoción y nos lo escribe con todas las letras: "tiene los ojos enormes. La madre bien. Muchas felicidades para todos".
Por fin se nos ha ido el verano. Lo se porque mi gata se ha esponjado. Le ha crecido una nueva capa de pelo suave y corto y se ovilla gorda en un cojín, escondiendo la cabeza entre las patas.
Cuando me demoro ante el ordenador, mi gata pizpireta vuelve a la ventana. Han acabado las obras ahí abajo y la terraza del bar todavía se llena por las tardes. Casi no pasan coches --no les han dejado espacio-- y desde mi ventana, tan cerca del suelo, me siento planear sobre cabezas de ni?os.
Ha pasado casi un a?o desde que lancé aquellas botellas al mar desde la isla. Me alegro de que os hayáis subido al bote para alcanzar la choza. No se está tan mal en este lugar en el que siempre hay sitio para uno más, sobre todo si le da a la pluma y es buen tertuliano.
Ha nacido Martín y mi amigo Sergio (el padre) dice que es puro ojos. Nos lo ha contado en un mensaje, pero el móvil no es suficiente para tanta emoción y nos lo escribe con todas las letras: "tiene los ojos enormes. La madre bien. Muchas felicidades para todos".
Por fin se nos ha ido el verano. Lo se porque mi gata se ha esponjado. Le ha crecido una nueva capa de pelo suave y corto y se ovilla gorda en un cojín, escondiendo la cabeza entre las patas.
Cuando me demoro ante el ordenador, mi gata pizpireta vuelve a la ventana. Han acabado las obras ahí abajo y la terraza del bar todavía se llena por las tardes. Casi no pasan coches --no les han dejado espacio-- y desde mi ventana, tan cerca del suelo, me siento planear sobre cabezas de ni?os.
Ha pasado casi un a?o desde que lancé aquellas botellas al mar desde la isla. Me alegro de que os hayáis subido al bote para alcanzar la choza. No se está tan mal en este lugar en el que siempre hay sitio para uno más, sobre todo si le da a la pluma y es buen tertuliano.
13 octubre 2006
11 octubre 2006
Kanashibari, de Paola Kaufman
"Kanashibari": Un cuento inédito de la escritora Paola Kaufmann, recientemente fallecida.
La noticia de la muerte de la escritora Paola Kaufmann (1969-2006), aquejada de una enfermedad terminal, produjo un fuerte impacto en el mundo de las letras argentinas, ya que se veía encarnada en su figura una posible renovación generacional, un posible camino de innovación temática y estilística. Sus novelas "El lago" y "La hermana" calaron sin resistencias entre la crítica y los lectores, que recibieron con entusiasmo esta nueva narrativa propuesta por Kaufmann, doctora en neurociencias e investigadora. Reproducimos el cuento Kanashibari, que forma parte de un libro inédito de relatos.
Kanashibari
"I have been sleeping, and now, now I am dead!"E. A. Poe, The facts in the case of M. Valdemar.
Desde el instante mismo en que leí "Los hechos en el caso M. Valdemar" supe que yo ya conocía el final de ese cuento. Varias veces hice en vano el esfuerzo de recordar, tantas como retomé Historias Extraordinarias para detenerme con minuciosidad en los detalles de Valdemar, y así tratar de reconstruir la identidad de aquella historia, tan evasiva para mí. De que se trataba exactamente, cuándo la había leído y en dónde, eran precisiones que se escurrían de mi memoria como anguilas entre la oscuridad de las rocas. Sin embargo tenía la impresión muy clara de que la lectura, o lo que fuera que me había acercado esa anécdota, había ocurrido hacía mucho tiempo, lo cual no me dejaba más espacio que aquel más bien improbable de la infancia. Y un día fortuito, recorriendo los estantes de una librería de usados, encontré la respuesta en un libro de mitos japoneses para ni?os. Ese libro había llegado a nuestra casa del Valle gracias a mi abuelo, un hombre que solía viajar mucho y casi siempre por países extra?os. El que encontré aquel día era el mismo libro, la misma edición de tapas doradas, hojas espesas y algunos dibujos color escarlata y negro. Contenía tres historias solamente; una de ellas resultó ser la que no conseguía recordar, Kanashibari, y tenía que ver con el sue?o, aunque no con el hecho de so?ar como proceso fisiológico, ni siquiera fantástico, sino como un proceso aberrante. Al igual que buena parte de los mitos en Japón, este pertenece a la Isla de Kyushu, al sur del país, una versión más vasta, geográficamente al menos, del Olimpo. Allí vivía un trabajador humilde llamado Yakumo, hijo a su vez de trabajadores humildes que nunca habían pretendido nada mas allá de procurarse la comida de cada día, y un techo simple para cobijarse. No sabían leer ni escribir, creían en los dioses, y en la bondad infinita del emperador. Yakumo, por el contrario, había nacido rebelde. Trabajaba junto a sus progenitores, pero no por placer, no porque considerara el trabajo una suerte de obligación moral, sino apenas un medio de subsistencia. Tuvo una educación elemental, al igual que sus dos hermanos, y una adolescencia insensata, al igual que todo el mundo, solo que a Yakumo le duró más. No había cumplido diecisiete a?os cuando se enamoro de la hija de un poderoso del lugar, llamada Aya, y quiso contraer matrimonio de inmediato. No hubo castigo ni súplica que lo hiciese desistir de su elección, y como resultado de su obstinación Aya fue descastada por su familia, que la dejó librada al cuidado de su esposo rústico y pobre. Cuando se casaron, Aya era poco más que una ni?a. La juventud de los dos, la fuerza de carácter y la complexión sana de sus cuerpos los salvaron de la miseria los primeros a?os. De a poco empezaron a construir un hogar más o menos sólido, rodearon la casa de caminos ramificados para confundir a la mala suerte, y plantaron mimbres y jacintos cerca de la puerta de entrada. A su modo inexperto y laborioso eran felices. Entonces, cuando ya estaba todo preparado para pensar en un hijo, Yakumo se fue. Una noche dijo a Aya que sentía necesidad de conocer el mundo, y a la ma?ana siguiente ya no estaba. Aya era muy joven cuando pasó esto. Los padres de Yakumo intentaron consolarla. Sus propios padres, sin embargo, nunca dieron marcha atrás en su decisión de no volver a verla. Yakumo anduvo por las regiones contiguas, y después mas lejos, liviano y necio como un farolito de papel flotando sobre la corriente dócil y que a la larga se despedazara contra las piedras. Cuando se canso de vagabundear encontró a otra mujer, Maki, y se casó con ella. Fue después del matrimonio que Yakumo empezó a sufrir los embates de un sue?o espantoso. El sue?o lo embargaba cuando aún no se había dormido, en cualquier lado, incluso en los brazos de Maki: so?aba que el fantasma de una mujer se sentaba en su pecho y no lo dejaba respirar. La mujer se sentaba de espaldas de modo que no podía verle la cara, pero las guedejas negras de sus cabellos le metían por los ojos, por la nariz y por la boca, impidiéndole respirar o gritar. La mujer no se movía de su pecho hasta que le daba la gana moverse, no importaba lo que hiciera, pensara o se obligara a dejar de pensar. Nunca aparecía cuando ya se había dormido, sino cuando estaba a punto de hacerlo. Era el kanashibari, la pesadilla de la duermevela, que perseguía a los criminales, a los indiferentes, a los traidores. El kanashibari era un castigo secreto que no podía compartirse con nadie, y duraba tanto como tardara al culpable en pedir perdón, o reparar el error. Durante diez a?os Yakumo sufrió las visitas, al principio esporádicas, mas tarde regulares y hasta cotidianas, del fantasma de la mujer desconocida. Diez a?os aplastándole el corazón casi todas las noches. Yakumo envejeció prematuramente. Aún así tardo en darse cuenta de su significado, porque Yakumo no era hombre de reparar en el dolor ajeno, aunque el mismo lo hubiese provocado. Yakumo era naturalmente ingrato, por eso no supo enseguida quién era el fantasma del kanashibari. Y cuando lo supo su arrepentimiento fue como una marea de tristeza, algo que llegaba y se retiraba, pero que no cesaría más. A pesar de eso, el fantasma seguía llegando noche a noche, seguía sentándose sobre su pecho y quitándole un a?o de aliento cada vez. Diez a?os mas tarde de su partida súbita y caprichosa, Yakumo era un hombre viejo. Maki no comprendía que pasaba con su marido, hasta que al final se hartó y le preguntó directamente si en su vida pasada había algo que tenía que esconder de ella. Yakumo, agobiado, le contó de Aya, de la región donde vivía, de sus padres, todo abandonado por un antojo imprudente de su juventud. Maki era una buena mujer. Pocos días después, Yakumo partió de regreso a buscar a Aya. En el otro extremo de la isla las cosas no parecían haber cambiado, al menos no sustancialmente. Pero sus padres no lo reconocieron, ni sus hermanos. Todos ellos vivían y seguían trabajando, inmutables, comiendo las mismas cosas, durmiendo bajo el mismo techo. Yakumo, al ver todo eso, sintió deseos de huir otra vez, pero aquella noche, en la posada anónima donde se alojaba, el kanashibari reapareció con una malevolencia inusitada, el fantasma de la mujer abarcaba ya todo el cuarto, como una monta?a, y de su cabello salían insectos que hincaban sus aguijones en los globos de sus ojos, taladraban las membranas de sus oídos y mordían su lengua esta vez no solo impidiéndole moverse o gritar sino también infligiéndole un dolor atroz que lo atenazaba más que el miedo. Esa noche la mujer se dio la vuelta y lo miro de frente, y en aquella solidez horripilante Yakumo vio en plenitud a su verdugo. Al día siguiente, sin haber dormido, fue a su antigua casa rodeada de mimbres y de jacintos y de senderos interminables. Las varillas cubrían todo el sitio, y los jacintos se habían transformado en flores macilentas, ganados por una gramilla áspera y por macizos de ortigas. Yakumo se abrió paso entre ellas, lastimándose las manos y los brazos, hasta encontrar la puerta, sepultada por el resto, como toda su vida, bajo la espesura del olvido. Para su sorpresa, Aya estaba ahí, sentada en el piso en posición de loto frente a un mantel de seda, donde había además dos platos de comida y una jarra de té. Estaba esperándolo, del mismo modo en que solía esperarlo cuando Yakumo era joven y volvía de trabajar, con el cabello negro y limpio exactamente igual que la última vez que la había visto. Yakumo pensó que ella no lo reconocería, o que lo echaría, pero se equivocóo. Aya le hizo un gesto para que se sentara, y después lavó sus manos y sus pies con pa?os calientes y limpió sus raspaduras con aguas de jazmín. Él le pidió clemencia, le suplicó perdón; ella no contestaba, se limitaba a mirarlo con una mirada amorosa, de a ratos extraviada, de a ratos nostálgica. Yakumo trató de contarle lo que había pasado pero fue inútil: Aya era una especie de grabado salido de su memoria, mudo, repitiendo un ritual de hacia diez a?os como si nada hubiese pasado entre ellos, ni siquiera el tiempo. Yakumo se abandonó a ella implorando su perdón, llorando sobre su regazo y rogándole que no lo atormentara más, que se había arrepentido, que no volvería a irse. Ella, sonriendo, le acariciaba la cabeza y secaba sus lágrimas. Pasó la noche junto a su primera esposa. No había en ella un solo rasgo diferente de lo que él recordaba, ni la piel fatigada, ni un cambio de estilo de su ropa, ni una mancha en su cuerpo o un signo de cansancio. Nada. Aya se había conservado perfecta e indemne al paso de los a?os, como embutida en ámbar o en hielo. Yakumo, por el contrario, desde el momento de su traición, había empezado a pagar con su propia vida. Esa noche en su antigua casa Yakumo durmió por primera vez sin el kanashibari sobre su pecho, creyendo que a la ma?ana siguiente Aya estaría a su lado, tersa como un durazno a punto de caer del árbol, y que él, rejuvenecido por el descanso, empezaría a vivir otra vez. Yakumo se durmió abrazado a la cintura de su antigua mujer creyendo que la Naturaleza estaba en orden nuevamente. Pero la Naturaleza no estaba en orden. Raramente lo está, y aquella no era una de esas excepciones. Porque Aya, la primer mujer de Yakumo, la casi adolescente esposa de Yakumo, había muerto, o algo cercano a eso, pocos días después de la partida de su marido. Encerrada en la casa como en una crisálida, mientras afuera crecían los mimbres y se marchitaban los jacintos, ella permanecía muerta, sin que un solo centímetro de su piel se alterara con el paso de las horas, ni un solo gramo de su carne, ni las delicadas hebras de cabello negro, con el paso de los meses, y los a?os. Durante las noches Aya resucitaba a una especie de sue?o agitado, y a la ma?ana reposaba en la paz de su muerte detenida, como si ese sue?o la hubiese tranquilizado de modo misterioso. Los padres de Yakumo sabían de esta muerte en vida, pero para el resto, Aya había muerto definitivamente después de la partida de su esposo. Hasta que Yakumo volvió, arrepentido, avejentado por el sufrimiento que le oprimía el cuerpo. Nadie supo, salvo Yakumo, que Aya había vuelto a la vida por completo, antes de que la muerte le arrebatara todo. Como el cuerpo de Valdemar, sujeto a la realidad por el delgadísimo hilo de la hipnosis, el cuerpo de Aya fue retenido por el amor, o por el rencor, o tal vez fueron los dos sentimientos los que sustrajeron su cuerpo a la muerte absoluta durante mas de diez a?os. Por eso Yakumo no despertó abrazado a la cintura de su mujer, sino a una masa podrida de huesos y carne escarbada infinitamente por los gusanos, de la que apenas quedaban, reconocibles, unos manojos de cabello negro despegados del cráneo. Hasta acá el mito japonés. Ignoro si Poe lo conocía, si lo utilizo o lo recreo para su propio relato Francamente poco importa. Como asíl mismo dijera un día, cuando le preguntaron acerca de la influencia que tenían sobre su obra los maestros alemanes del terror: "el verdadero horror no proviene de Alemania, ni de ninguna parte, sino del alma".
09 octubre 2006
La casa encendida
Hace poco comenté a Joaquín y a Norma que no recordaba de qué poeta se había tomado el nombre de "La casa encencida" para el gran edificio cultural de La Caixa.
Pues da título a un libro de poesías de Luis Rosales, publicado en 1949 y también a una de esas poesías. Es bellísima.
La casa encendida (Luis Rosales)
PORQUE TODO ES IGUAL Y TÚ LO SABES, has llegado a tu casa y has cerrado la puerta
con aquel mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extra?eza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, y encendiste la luz, para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un a?o,
y después,
te has ba?ado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo,
humanamente solo, definitivamente solo
porque todo es igual y tú lo sabes.
Pues da título a un libro de poesías de Luis Rosales, publicado en 1949 y también a una de esas poesías. Es bellísima.
La casa encendida (Luis Rosales)
PORQUE TODO ES IGUAL Y TÚ LO SABES, has llegado a tu casa y has cerrado la puerta
con aquel mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extra?eza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, y encendiste la luz, para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un a?o,
y después,
te has ba?ado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo,
humanamente solo, definitivamente solo
porque todo es igual y tú lo sabes.
05 octubre 2006
02 octubre 2006
Jorge Edwards. Nuevo libro
La Embajada de Chile, a través de su agregaduría cultural, informa que el escritor Jorge Edwards --Premio Nacional y Premio Cervantes de Literatura-- presentará la nueva y definitiva edición de su libro de memorias cubanas "PERSONA NON GRATA" en una terturlia con Santiago Roncagliolo y Juan Cruz.
CÍRCULO DE BELLAS ARTES
martes 3 de octubre, 19:30 hrs.
c/Marqués de Casariera, 4.
Madrid
CÍRCULO DE BELLAS ARTES
martes 3 de octubre, 19:30 hrs.
c/Marqués de Casariera, 4.
Madrid
28 septiembre 2006
De novelas...?Cómo empiezan?
Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn, de manera que al día siguiente salí de Westchester y fui para allá a reconocer el terreno. No había vuelto en cincuenta y seis a?os, y no me acordaba de nada. Mis padres se habían ido de la ciudad cuando yo tenía tres a?os, pero el instinto me llevó al barrio donde habíamos vivido, arrastrándome como un perro herido al lugar donde nací.
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