23 noviembre 2006

Surfeando por las olas del espacio

Lamento ser tan prosaica en mi entrada. No llevo una temporada prolífica sino todo lo contrario.

He caído en la redes de Telefónica. Cambio de ordenador, a un portátil, y he contratado ADSL wifi. Ahora ya podré hacer pruebas e inventos con nuestro barandal, pero sin cargarme nada. Porque me han dicho que hay unos programitas que te bajan todo el blog al ordenador, para trabajar en local, y cuando estás seguro de lo que has hecho lo puedes subir sin riesgo a perder e?es por el camino, ni otros signos de esos que sólo notas su importancia cuando de repente, desaparecen de la página sin dejar rastro.

Tengo Ferdidurke. Es mío. Lo he comprado.
Pero aún no lo he hecho mío. No he llegado ni a la página diez.
Espero empaparme el próximo martes, con vuestras intervenciones.

Hoy he estado en el Centro de Arte Moderno.
Exposición en torno a Julio Cortazar.

Me llevé una agradable sorpresa: Mariángeles Fernández estaba allí, era una de las artífices de la exposición que giraba en torno a una investigación suya y muchas fotos por Italia, de su cámara.

La exposición surgió por un poema de Luisa ?Jodorowsky?, argentina, que envía a Cortazar. Cortazar, separado, lo recibe en su casa de París y, emocionado, se sienta y le escribe una carta. En realidad la exposición surgió por el hallazgo de la carta de Cortazar a Luisa. A partir de allí comienzan a investigar y contactan con Luisa, quien reconoce que la carta está dirigida a ella y que es la autora del poema. Mariangeles viaja a Roma y hace fotos de varios sitios significativos de la vida de Cortazar en Roma y mencionados en esa carta.

Fue muy, muy interesante. A la inauguración de la exposición asistió la poeta, Luisa, que contó alguna anécdota de su relación con Cortazar.

Os la recomiendo. El Centro de Arte Moderno --peque?ito-- está en c/Gobernador 25, en el Barrio de las Letras, llegando al P? del Prado. (Veamos si mantenemos el símbolo "?", o lo hemos perdido también en el naufragio).

21 noviembre 2006

Después de haber leído vuestras valiosas y polémicas aportaciones sobre trama y final, y apuntando en otra dirección, se me ocurre algo más.
Hace poco fui a ver una exposición de arte fractal y creo reconocer en la novela una estructura muy parecida a esos insólitos cuadros, que también tienen que ver con la teoría del caos.
"Un fractal es un objeto geométrico cuya estructura básica se repite en diferentes escalas. El término fue propuesto por Benoît Mandelbrot en 1975. En muchos casos los fractales pueden ser generados por un proceso recursivo o iterativo capaz de producir estructuras autosimilares independientemente de la escala específica. Los fractales son estructuras geométricas que combinan irregularidad y estructura".

15 noviembre 2006

Cosmos, la trama, y otros pollos


De las definiciones de trama que contempla el diccionario de la RAE, podemos elegir dos. La primera, susurra ecos jamesianos: conjunto de hilos que, cruzados y enlazados con los de la urdimbre, forman una tela. El autor de Otra vuelta de tuerca utilizaba el símil de la tela para explicar cómo se debía escribir una novela. La segunda (cuarta para la RAE) y menos evocativa nos dice: disposición interna, contextura, ligazón entre las partes de un asunto u otra cosa, y en especial el enredo de una obra dramática o novelesca.

Aristóteles, en la Poética, epígrafe XVIII, nos instruía:
“Son propios de toda tragedia tanto el nudo como el desenlace. Lo de fuera y algunas cosas de dentro son muchas veces el nudo, y lo demás el desenlace. Digo que es nudo, la parte desde el principio hasta esa parte que es el extremo a partir del cual se cambia a la felicidad o a la desgracia; y desenlace, la parte desde el comienzo del cambio hasta el final.
Antes, en el epígrafe VIII (30), afirmaba:” Es preciso, entonces, que así como en las demás artes imitativas la imitación única lo es de una sola cosa, también la trama como imitación de una acción, lo sea de una sola y de toda ella y también es preciso componer las partes de los hechos de tal manera que, cambiada o anulada alguna parte, se transforme o modifique el todo. Pues aquello que, estando o no estando no hace nada notable, no es ninguna parte del todo”.

Y antes de irme a almorzar, releo:
“ Bertold Brecht, en sus críticas a la ortodoxia estética estalinista la había calificado indirectamente de aristotélica, porque, en efecto, los principios que exigía Luckács al realismo socialista, el de la unidad formal en la que deberían realizarse las contradicciones de la historia en la obra de arte; el de la unidad orgánica (concebida como trama de sucesos casualmente interrelacionados) así como su concepción del personaje como “ carácter típico”, es decir como héroe positivo “que expresara” el movimiento de las fuerzas sociales combinando la concepción arquetípica del personaje de Aristóteles con el carácter individualizado como tipo del realismo decimonónico para promover, así, la identificación con el héroe, por parte del lector…”.
“Brecht calificó su propia teoría del realismo de anti-aristotélica, lo cual era un modo de atacar a sus adversarios. BB ya no hace de la mimesis sino de la ruptura con este principio su alternativa estética desautomatizadora, experimental pero a la vez comprometidamente social: repudio de la trama interconectada, de la unidad y universalidad de la acción…”.

Adios, que se me enfría el pollo.

13 noviembre 2006

De novelas...

Arranque.
22. El martes me desperté a esa hora inanimada y nula en que la noche ya está por terminar y sin embargo todavía no ha nacido el alba. Descansaba en una luz turbia y mi cuerpo sentía un temor mortal que me oprimía el alma, y el alma a su vez oprimía el cuerpo..., y hasta la menor de mis partículas se contorsionaba en el presentimiento atroz de que no ocurriría nada, nada cambiaría, nunca pasaría nada, y aun cualquier cosa que se emprendiese no sucedería nada y nada. Los sue?os, que me habían despertado luego de molestarme durante la noche, explicaban las razones de ese espanto.

08 noviembre 2006

Pobres padres

No sé qué ocurrió en la tertulia del otro día, pero Cosmos termina a tiempo porque no tiene trama, lo que la vincula al Nouveau Roman. De hecho, creo que es un diario “novelizado”, donde solo importan el lenguaje- el uso constante de la homeología nos lleva a una cosmovisión repetitiva, enojosa, tediosa e inútil- y la Weltanschuung ( psicoanalista, surrealista, existencialista, mágica) de un Witold escritor, narrador y protagonista (ruptura del pacto ficción). Cosmos, con una estructura de monólogo helicoidal nos sumerge en las obsesiones de un héroe post-moderno, que un día salió de su casa para intentar aprobar un examen, al menos, y pasado el verano regresa, sin haber estudiado nada, de nuevo a su hogar: hoy en el almuerzo comimos pollo relleno.

Caos o Cosmos

Por mi parte, encantada de continuar con Gombrowicz pues el libro me pareció apasionante, pero tiene tantos simbolismos que va a ser muy apropiada una segunda apuesta por este autor para despejar dudas.
Cosmos: vocablo que viene del griego y significa, en general, sistema ordenado o armonioso.
Había hecho un resumen de lo que conté el martes y espero no ser demasiado caótica.
Los personajes del libro están inmersos en una lucha entre el caos y el orden. Cuando uno es ni?o o joven vive en el caos, es atrevido, gusta del riesgo. Al ir madurando, se reprimen los deseos, existe más inseguridad, más temores.
A través de los diferentes personajes, el autor describe la influencia de la familia, la religión, la escuela, el trabajo, el matrimonio, instituciones que van sometiendo al hombre a ese orden, a la forma. En definitiva, es la falta de libertad lo que posibilita un orden dentro del caos.
En la novela se pone en cuestión el intento de encontrar un sentido a la vida, de comprender la realidad, de llegar a conocernos y conocer a los demás, etc.
La realidad es construida a partir de la propia percepción y obsesiones. “El secreto de la relación entre las bocas era yo mismo, esa relación se realizaba en mi solo yo”, dice Witold, el narrador.
La comunicación con los demás es difícil, casi imposible. El lenguaje la entorpece, pues no sabemos realmente el significado de las palabras. ?Se puede llegar a saber lo que es la belleza, el amor? Gombrowicz emplea palabras inventadas, frases absurdas, incoherencias. Pienso que en eso enlaza con Ionesco.
Es obsesivo en la utilización del microcosmos y su contrapunto, el macrocosmos. Continuamente pasa de elementos insignificantes al cielo y a las nubes, en una búsqueda del orden. “?Cuántos significados podrían extraerse de esos cientos de hierbajos... y peque?os detalles? ... miré la casa y el jardín y esas grandes formas sintéticas me devolvieron el orden”.
El ambiente es opresivo: calor, objetos punzantes, cortantes, metálicos, oscuridad, suciedad.
Gran fuerza del paisaje y de los objetos. Recurre a la personalización. Se refuerza con ellos la sensación de soledad. “Uno está ausente... debido a las relaciones fragmentarias, caóticas, huidizas... con lo que nos rodea”.
Creo que, aunque los objetos nos ayudan a vivir, como dice Pepe, también nos someten a su tiranía y nos volvemos consumidores en lugar de seres humanos.
Es importante la presencia de la pulsión sexual. La represión sexual lleva a la violencia. Las relaciones se vuelven sadomasoquistas: “si deseaba matarla es porque ella me amaba”, dice Witold.
Fuks dise?a un juego de ruleta, aunque sabe que no servirá para nada: inutilidad de los actos, el azar, la arbitrariedad de los procesos para llegar a la forma.
Ludwik muere porque representa el orden, la forma: es meticuloso, educado, habla de la organización racional del mundo. Su suicidio me conecta con un artículo que leí hace unos días sobre la vida en Noruega, donde la vida es fácil, con una red de servicios sociales excelente, pero un índice de suicidios altísimo. Me imagino que ese mundo tan ordenado hace que se carezca de deseos y conduce a la muerte.
El libro comienza con sol pero todo está negro y termina con una noche luminosa, justo lo contrario. El diluvio arrastra y lava todo. Se acaban las fantásticas conjeturas, vuelven al mundo que los condiciona: “todo caía, se derrumbaba”.

07 noviembre 2006

Por alusiones


En Cosmos, el sol actúa como correlato objetivo. Parece que a Witold – protagonista, narrador y escritor-, el sol le afecta como a Meursault, el protagonista de El Extranjero, de Camus. Acaso la textura narrativa, al describir el calor, es menos expresiva que en El Extranjero. Witold asesina a un gato y Meursault a un árabe. Witold también se parece al protagonista de La Nausea, de Sartre. Como nos relata Sábato en el prólogo de Ferdydurke, Gombrowicz juega con las ideas del existencialismo: la nada, la libertad, la autenticidad y la angustia, pero en el caso de Cosmos la que le entra al lector con la inmadurez del protagonista.
Cosmos nos lleva al psicoanálisis, no hay que olvidar que Witold es un fetichista: la boca deformada de Katasia, la boca de Lena. Y las manos, manos, manos (por cierto, Homeología: figura del lenguaje, repetición enojosa, tediosa, o inutil). Pulsión sexual reprimida. La violación de un dormitorio. Eros y Tanatos. Y de la obra de Freud al surrealismo.Recuerdo a Max Ernst, quien podría haber dibujado el hilo – como en A la primera palabra pura, 1923- atado al pájaro y a la boca de Lena.

En fin, ahora llueve mucho.

?Donde están las e?es?

Convertidas en signos de interrogación, las e?es parecen haber sido metamorfoseadas por un aciago demiurgo. ?Se podrán algún día recuperar para la causa? Mientras tanto me alucino con la lectura de Ferdydurke cuya filosofía sobre la inmadurez me está llegando de un modo inesperado. Me gusta todavía más que Cosmos y entiendo que es muy congruente la lectura "seguida" de ambos libros para que los ánimos no se enfríen. El final, un tanto abrupto, de nuestra anterior tertulia dejó muchas puertas y ventanas abiertas que no hacen sino ventilar nuestras mentes y espíritus.
Nos faltó mucho por escuchar de Adla y todo de Ana que a estas alturas imagino ya formando parte del Caos. Nos faltó sobre todo la palabra de Pura, de Carmen y de Sara. La tertulia sobre Gombrowicz quedó abierta, y no queda más que retomarla. Y que Sara nos cuente lo de los correlatos, que yo tan malamente supe explicar. (Y, por cierto, algo que quería contar. El otro grupo convocó una proxima tertulia para fin de més, en cualquier fecha que no sea martes, por ser nuestro día. Hemos ganado la batalla.) Ahora tengo un poco de faringitis pero pronto se me va a pasar, lástima que no esté por aquí Lena para cuidarme.

05 noviembre 2006

Ejem...

... creo que me he cargado el blog.

Estaba intentando copiarlo al disco duro, para hacer copias digitales para todos, y me he cargado el formato. He estado intentando recuperarlo y creo que casi lo he conseguido. He recuperado casi todos los acentos, pero no consigo recuperar las "?".

Aunque sea muy tedioso, os pido si podéis repasar vuestras entradas para corregir las erratas que se hayan colado. Por ejemplo, todavía no he corregido los comentarios. (No tengo ADSL y mi línea va muy lenta).

?Lo siento!

01 noviembre 2006

Lena

Tal vez no fuera tan casquivana, pero estoy casi seguro de que se la pegaba a Ludwik, su marido, que era un soso.

30 octubre 2006

Witold Gombrowicz

Notas para la Tertulia de ma?ana. (No copio todo el texto para no aburrir a quienes no quieran leer los artí­culos enteros, pero están interesantes. Uno de anécdotas, otro de filosofí­a y otro de biografí­a):

1) Biografí­a: www.elortiba.org/gombr.html

2) Prólogos de Ferdydurke (de Ernesto Sábato y del propio Witold Gombrowicz): http://elbroli.free.fr/escritores/gombrowicz/gombrowicz.html

3) El Polaco corrosivo: www.clarin.com/suplementos/cultura/2006/02/11/u-01139745.htm

24 octubre 2006

Cumplimos un a?o

El próximo dos de noviembre, hace un a?o que Norma comenzaba a mandarnos mensajes para que escribiéramos en el blog. Poco a poco nos animamos uno a otras y otras a uno - ahora dos -, para, con cierta timidez, ir estructurando el diario de nuestra tertulia literaria. Como Gato es el último que se ha incorporado- y de forma sigilosa -, le toca llevar la tarta a la proxima cita. Efervescente, llevará la vela. Aunque como gato me salvó de una pulmoní­a, a lo mejor llevo yo una de calabaza, por eso de Halloween. En fin, felicidades. Se me olvidaba: gato con guantes no caza ratones. Antes de irme: me han recomendado Dientes blancos, de Zadie Smith.
Ah!, la estructura redonda, volvemos al origen, ?os acordái­s de la gata de Norma? De gata a gato. seguro que no es casualidad. Hoy, al cruzar la calle vi un gato de angora, y al paso que voy termino como Witold.

23 octubre 2006

Idea, de Guillermo Pérez Villalta


El pasado jueves, Gemma Sá?er y Eugenia Ni?o - editoras de Vuela Pluma- organizaron en la librerí­a Panta Rei, la presentación del libro Idea, donde se recogen los bocetos romanos del pintor Guillermo Pérez Villalta. Los relatos bien estructurados y amenos de Jesús Marchamalo dibujaron en nuestras caras melancólicas y húmedas sonrisas de ni?os, que se convirtieron en carcajadas cuando al final las las propietarias y libreras nos regalaron eso que mis sobrinos llaman chuches. La lluvia y los atascos impidieron que llegaran mís amigos, pero se pasearon entre los anaqueles: Miguel Doce, Mariana Laí­n, Guillermo Salafranca, Sean MacKaoui, alumnas de El Mono Rojo, y el mono también. Faltaron los barandales ( shandys castizos).
Espero que ya sepáis a quién pertenece el palito y el hilo que adorna el salón de vuestra casa. Hasta pronto.

18 octubre 2006

14 octubre 2006

De novelas... ?Cómo empiezan?

22. Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: "Madre fallecida. Entierro ma?ana. Sentido pésame". Nada quiere decir. Tal vez fue ayer.
El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús de las dos y llegaré por la tarde, así­ podré velarla y regresaré ma?ana por la noche. He pedido a mi patrón dos días de permiso que no me podía negar con una excusa semejante. Pero no parecí­a satisfecho. Llegué incluso a decirle: "No es culpa mí­a". No respondió. Pensé entonces que no debí­a habérselo dicho. Por supuesto, no tenía por qué disculparme. Era a él, más bien, a quien correspondía darme el pésame. Pero lo hará sin duda pasado ma?ana, cuando me vea de luto. Por el momento, es un poco como si mamá no hubiese muerto. Después del entierro, por el contrario, será un asunto resuelto y todo habrá revestido un aire más oficial.

Prisionera de la red

?Ah...! Tolero la impaciencia de esperar que baje la información por Internet haciendo solitarios: 10-9-8-7-6, alterno rojas y negras. Hace a?os leí en un libro, cuyo nombre no recuerdo, el monólogo de una enferma de cáncer terminal, que mientras hací­a solitarios so?aba "si gano esta partida será que he vencido a la muerte". Jugarse la vida a cara o cruz, cuando la suerte ya está echada...

Ha nacido Martí­n y mi amigo Sergio (el padre) dice que es puro ojos. Nos lo ha contado en un mensaje, pero el móvil no es suficiente para tanta emoción y nos lo escribe con todas las letras: "tiene los ojos enormes. La madre bien. Muchas felicidades para todos".

Por fin se nos ha ido el verano. Lo se porque mi gata se ha esponjado. Le ha crecido una nueva capa de pelo suave y corto y se ovilla gorda en un cojí­n, escondiendo la cabeza entre las patas.

Cuando me demoro ante el ordenador, mi gata pizpireta vuelve a la ventana. Han acabado las obras ahí­ abajo y la terraza del bar todaví­a se llena por las tardes. Casi no pasan coches --no les han dejado espacio-- y desde mi ventana, tan cerca del suelo, me siento planear sobre cabezas de ni?os.

Ha pasado casi un a?o desde que lancé aquellas botellas al mar desde la isla. Me alegro de que os hayáis subido al bote para alcanzar la choza. No se está tan mal en este lugar en el que siempre hay sitio para uno más, sobre todo si le da a la pluma y es buen tertuliano.

13 octubre 2006

21 Brooklyn Follies. Paul Auster.

11 octubre 2006

Kanashibari, de Paola Kaufman


"Kanashibari": Un cuento inédito de la escritora Paola Kaufmann, recientemente fallecida.
La noticia de la muerte de la escritora Paola Kaufmann (1969-2006), aquejada de una enfermedad terminal, produjo un fuerte impacto en el mundo de las letras argentinas, ya que se veía encarnada en su figura una posible renovación generacional, un posible camino de innovación temática y estilí­stica. Sus novelas "El lago" y "La hermana" calaron sin resistencias entre la crí­tica y los lectores, que recibieron con entusiasmo esta nueva narrativa propuesta por Kaufmann, doctora en neurociencias e investigadora. Reproducimos el cuento Kanashibari, que forma parte de un libro inédito de relatos.
Kanashibari
"I have been sleeping, and now, now I am dead!"E. A. Poe, The facts in the case of M. Valdemar.
Desde el instante mismo en que leí­ "Los hechos en el caso M. Valdemar" supe que yo ya conocí­a el final de ese cuento. Varias veces hice en vano el esfuerzo de recordar, tantas como retomé Historias Extraordinarias para detenerme con minuciosidad en los detalles de Valdemar, y así­ tratar de reconstruir la identidad de aquella historia, tan evasiva para mí­. De que se trataba exactamente, cuándo la habí­a leí­do y en dónde, eran precisiones que se escurrí­an de mi memoria como anguilas entre la oscuridad de las rocas. Sin embargo tení­a la impresión muy clara de que la lectura, o lo que fuera que me habí­a acercado esa anécdota, habí­a ocurrido hací­a mucho tiempo, lo cual no me dejaba más espacio que aquel más bien improbable de la infancia. Y un dí­a fortuito, recorriendo los estantes de una librería de usados, encontré la respuesta en un libro de mitos japoneses para ni?os. Ese libro habí­a llegado a nuestra casa del Valle gracias a mi abuelo, un hombre que solía viajar mucho y casi siempre por paí­ses extra?os. El que encontré aquel dí­a era el mismo libro, la misma edición de tapas doradas, hojas espesas y algunos dibujos color escarlata y negro. Contenía tres historias solamente; una de ellas resultó ser la que no conseguí­a recordar, Kanashibari, y tení­a que ver con el sue?o, aunque no con el hecho de so?ar como proceso fisiológico, ni siquiera fantástico, sino como un proceso aberrante. Al igual que buena parte de los mitos en Japón, este pertenece a la Isla de Kyushu, al sur del paí­s, una versión más vasta, geográficamente al menos, del Olimpo. Allí­ viví­a un trabajador humilde llamado Yakumo, hijo a su vez de trabajadores humildes que nunca habí­an pretendido nada mas allá de procurarse la comida de cada día, y un techo simple para cobijarse. No sabí­an leer ni escribir, creí­an en los dioses, y en la bondad infinita del emperador. Yakumo, por el contrario, había nacido rebelde. Trabajaba junto a sus progenitores, pero no por placer, no porque considerara el trabajo una suerte de obligación moral, sino apenas un medio de subsistencia. Tuvo una educación elemental, al igual que sus dos hermanos, y una adolescencia insensata, al igual que todo el mundo, solo que a Yakumo le duró más. No habí­a cumplido diecisiete a?os cuando se enamoro de la hija de un poderoso del lugar, llamada Aya, y quiso contraer matrimonio de inmediato. No hubo castigo ni súplica que lo hiciese desistir de su elección, y como resultado de su obstinación Aya fue descastada por su familia, que la dejó librada al cuidado de su esposo rústico y pobre. Cuando se casaron, Aya era poco más que una ni?a. La juventud de los dos, la fuerza de carácter y la complexión sana de sus cuerpos los salvaron de la miseria los primeros a?os. De a poco empezaron a construir un hogar más o menos sólido, rodearon la casa de caminos ramificados para confundir a la mala suerte, y plantaron mimbres y jacintos cerca de la puerta de entrada. A su modo inexperto y laborioso eran felices. Entonces, cuando ya estaba todo preparado para pensar en un hijo, Yakumo se fue. Una noche dijo a Aya que sentí­a necesidad de conocer el mundo, y a la ma?ana siguiente ya no estaba. Aya era muy joven cuando pasó esto. Los padres de Yakumo intentaron consolarla. Sus propios padres, sin embargo, nunca dieron marcha atrás en su decisión de no volver a verla. Yakumo anduvo por las regiones contiguas, y después mas lejos, liviano y necio como un farolito de papel flotando sobre la corriente dócil y que a la larga se despedazara contra las piedras. Cuando se canso de vagabundear encontró a otra mujer, Maki, y se casó con ella. Fue después del matrimonio que Yakumo empezó a sufrir los embates de un sue?o espantoso. El sue?o lo embargaba cuando aún no se habí­a dormido, en cualquier lado, incluso en los brazos de Maki: so?aba que el fantasma de una mujer se sentaba en su pecho y no lo dejaba respirar. La mujer se sentaba de espaldas de modo que no podí­a verle la cara, pero las guedejas negras de sus cabellos le metí­an por los ojos, por la nariz y por la boca, impidiéndole respirar o gritar. La mujer no se moví­a de su pecho hasta que le daba la gana moverse, no importaba lo que hiciera, pensara o se obligara a dejar de pensar. Nunca aparecí­a cuando ya se habí­a dormido, sino cuando estaba a punto de hacerlo. Era el kanashibari, la pesadilla de la duermevela, que perseguí­a a los criminales, a los indiferentes, a los traidores. El kanashibari era un castigo secreto que no podí­a compartirse con nadie, y duraba tanto como tardara al culpable en pedir perdón, o reparar el error. Durante diez a?os Yakumo sufrió las visitas, al principio esporádicas, mas tarde regulares y hasta cotidianas, del fantasma de la mujer desconocida. Diez a?os aplastándole el corazón casi todas las noches. Yakumo envejeció prematuramente. Aún así­ tardo en darse cuenta de su significado, porque Yakumo no era hombre de reparar en el dolor ajeno, aunque el mismo lo hubiese provocado. Yakumo era naturalmente ingrato, por eso no supo enseguida quién era el fantasma del kanashibari. Y cuando lo supo su arrepentimiento fue como una marea de tristeza, algo que llegaba y se retiraba, pero que no cesarí­a más. A pesar de eso, el fantasma seguí­a llegando noche a noche, seguí­a sentándose sobre su pecho y quitándole un a?o de aliento cada vez. Diez a?os mas tarde de su partida súbita y caprichosa, Yakumo era un hombre viejo. Maki no comprendía que pasaba con su marido, hasta que al final se hartó y le preguntó directamente si en su vida pasada habí­a algo que tení­a que esconder de ella. Yakumo, agobiado, le contó de Aya, de la región donde viví­a, de sus padres, todo abandonado por un antojo imprudente de su juventud. Maki era una buena mujer. Pocos dí­as después, Yakumo partió de regreso a buscar a Aya. En el otro extremo de la isla las cosas no parecí­an haber cambiado, al menos no sustancialmente. Pero sus padres no lo reconocieron, ni sus hermanos. Todos ellos viví­an y seguían trabajando, inmutables, comiendo las mismas cosas, durmiendo bajo el mismo techo. Yakumo, al ver todo eso, sintió deseos de huir otra vez, pero aquella noche, en la posada anónima donde se alojaba, el kanashibari reapareció con una malevolencia inusitada, el fantasma de la mujer abarcaba ya todo el cuarto, como una monta?a, y de su cabello salí­an insectos que hincaban sus aguijones en los globos de sus ojos, taladraban las membranas de sus oí­dos y mordían su lengua esta vez no solo impidiéndole moverse o gritar sino también infligiéndole un dolor atroz que lo atenazaba más que el miedo. Esa noche la mujer se dio la vuelta y lo miro de frente, y en aquella solidez horripilante Yakumo vio en plenitud a su verdugo. Al dí­a siguiente, sin haber dormido, fue a su antigua casa rodeada de mimbres y de jacintos y de senderos interminables. Las varillas cubrí­an todo el sitio, y los jacintos se habí­an transformado en flores macilentas, ganados por una gramilla áspera y por macizos de ortigas. Yakumo se abrió paso entre ellas, lastimándose las manos y los brazos, hasta encontrar la puerta, sepultada por el resto, como toda su vida, bajo la espesura del olvido. Para su sorpresa, Aya estaba ahí­, sentada en el piso en posición de loto frente a un mantel de seda, donde habí­a además dos platos de comida y una jarra de té. Estaba esperándolo, del mismo modo en que solí­a esperarlo cuando Yakumo era joven y volví­a de trabajar, con el cabello negro y limpio exactamente igual que la última vez que la habí­a visto. Yakumo pensó que ella no lo reconocería, o que lo echarí­a, pero se equivocóo. Aya le hizo un gesto para que se sentara, y después lavó sus manos y sus pies con pa?os calientes y limpió sus raspaduras con aguas de jazmí­n. Él le pidió clemencia, le suplicó perdón; ella no contestaba, se limitaba a mirarlo con una mirada amorosa, de a ratos extraviada, de a ratos nostálgica. Yakumo trató de contarle lo que habí­a pasado pero fue inútil: Aya era una especie de grabado salido de su memoria, mudo, repitiendo un ritual de hacia diez a?os como si nada hubiese pasado entre ellos, ni siquiera el tiempo. Yakumo se abandonó a ella implorando su perdón, llorando sobre su regazo y rogándole que no lo atormentara más, que se habí­a arrepentido, que no volverí­a a irse. Ella, sonriendo, le acariciaba la cabeza y secaba sus lágrimas. Pasó la noche junto a su primera esposa. No habí­a en ella un solo rasgo diferente de lo que él recordaba, ni la piel fatigada, ni un cambio de estilo de su ropa, ni una mancha en su cuerpo o un signo de cansancio. Nada. Aya se habí­a conservado perfecta e indemne al paso de los a?os, como embutida en ámbar o en hielo. Yakumo, por el contrario, desde el momento de su traición, habí­a empezado a pagar con su propia vida. Esa noche en su antigua casa Yakumo durmió por primera vez sin el kanashibari sobre su pecho, creyendo que a la ma?ana siguiente Aya estarí­a a su lado, tersa como un durazno a punto de caer del árbol, y que él, rejuvenecido por el descanso, empezarí­a a vivir otra vez. Yakumo se durmió abrazado a la cintura de su antigua mujer creyendo que la Naturaleza estaba en orden nuevamente. Pero la Naturaleza no estaba en orden. Raramente lo está, y aquella no era una de esas excepciones. Porque Aya, la primer mujer de Yakumo, la casi adolescente esposa de Yakumo, habí­a muerto, o algo cercano a eso, pocos dí­as después de la partida de su marido. Encerrada en la casa como en una crisálida, mientras afuera crecí­an los mimbres y se marchitaban los jacintos, ella permanecí­a muerta, sin que un solo centímetro de su piel se alterara con el paso de las horas, ni un solo gramo de su carne, ni las delicadas hebras de cabello negro, con el paso de los meses, y los a?os. Durante las noches Aya resucitaba a una especie de sue?o agitado, y a la ma?ana reposaba en la paz de su muerte detenida, como si ese sue?o la hubiese tranquilizado de modo misterioso. Los padres de Yakumo sabí­an de esta muerte en vida, pero para el resto, Aya habí­a muerto definitivamente después de la partida de su esposo. Hasta que Yakumo volvió, arrepentido, avejentado por el sufrimiento que le oprimí­a el cuerpo. Nadie supo, salvo Yakumo, que Aya habí­a vuelto a la vida por completo, antes de que la muerte le arrebatara todo. Como el cuerpo de Valdemar, sujeto a la realidad por el delgadí­simo hilo de la hipnosis, el cuerpo de Aya fue retenido por el amor, o por el rencor, o tal vez fueron los dos sentimientos los que sustrajeron su cuerpo a la muerte absoluta durante mas de diez a?os. Por eso Yakumo no despertó abrazado a la cintura de su mujer, sino a una masa podrida de huesos y carne escarbada infinitamente por los gusanos, de la que apenas quedaban, reconocibles, unos manojos de cabello negro despegados del cráneo. Hasta acá el mito japonés. Ignoro si Poe lo conocí­a, si lo utilizo o lo recreo para su propio relato Francamente poco importa. Como asíl mismo dijera un dí­a, cuando le preguntaron acerca de la influencia que tení­an sobre su obra los maestros alemanes del terror: "el verdadero horror no proviene de Alemania, ni de ninguna parte, sino del alma".


09 octubre 2006

La casa encendida

Hace poco comenté a Joaquí­n y a Norma que no recordaba de qué poeta se habí­a tomado el nombre de "La casa encencida" para el gran edificio cultural de La Caixa.
Pues da tí­tulo a un libro de poesí­as de Luis Rosales, publicado en 1949 y también a una de esas poesías. Es bellí­sima.

La casa encendida (Luis Rosales)
PORQUE TODO ES IGUAL Y TÚ LO SABES, has llegado a tu casa y has cerrado la puerta
con aquel mismo gesto con que se tira un dí­a,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extra?eza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, y encendiste la luz, para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un a?o,
y después,
te has ba?ado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas, y te has sentido solo,
humanamente solo, definitivamente solo
porque todo es igual y tú lo sabes.

05 octubre 2006

Desde Chipre

Leo Cosmos. Hasta pronto.

02 octubre 2006

Jorge Edwards. Nuevo libro

La Embajada de Chile, a través de su agregadurí­a cultural, informa que el escritor Jorge Edwards --Premio Nacional y Premio Cervantes de Literatura-- presentará la nueva y definitiva edición de su libro de memorias cubanas "PERSONA NON GRATA" en una terturlia con Santiago Roncagliolo y Juan Cruz.

CÍRCULO DE BELLAS ARTES
martes 3 de octubre, 19:30 hrs.
c/Marqués de Casariera, 4.
Madrid

01 octubre 2006

La novela número 20 es : "El filo de la navaja". Somerset Maugham.

28 septiembre 2006

De novelas...?Cómo empiezan?

Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn, de manera que al dí­a siguiente salí­ de Westchester y fui para allá a reconocer el terreno. No habí­a vuelto en cincuenta y seis a?os, y no me acordaba de nada. Mis padres se habí­an ido de la ciudad cuando yo tení­a tres a?os, pero el instinto me llevó al barrio donde habí­amos vivido, arrastrándome como un perro herido al lugar donde nací­.
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27 septiembre 2006

Hola chicos. Después de leer las estupendas crónicas de Sara y Joaquí­n, me di cuenta de que quizás repito alguna de las cosas que ya decí­an ellos porque he tardado algo en transcribir lo que tení­a. Besos.

EN BUSCA DE PERICLES

EN BUSCA DE PERICLES
Sábado 23 de septiembre. Fuimos a Segovia con grandes expectativas, pero al llegar comprobamos poco a poco que el Festival Hay era imperceptible. Quizás nos imaginábamos unas calles pobladas de casetas de libros. O escritores a los que reconocer y observar de reojo, comprobando que son realmente de carne y hueso. ?Qué menos que juglares subidos a tarimas regalándonos sus versos entre el gótico y el románico! Ni siquiera carteles anunciando el evento fantasma.
Mary Cruz, Carmen, Joaquí­n, Norma y yo dirigimos nuestros pasos hacia la Plaza Mayor. Era allí­ donde probablemente se concentrarí­an todas las casetas. Para nuestra gran frustración, sólo habí­a una ridí­cula caseta. Parecí­a como si se hubiera perdido y estuviera allí­ por pura casualidad, esperando que la vinieran a rescatar.
Pero la frustración se vio compensada por la magia de vagar en esa ciudad de trazado imprevisible.
Nos encontramos con Mariajo y asistimos a la conferencia de Vila Matas, Lago y Monmany en San Juan de los Caballeros. El marco, impresionante, pero el sonido defectuoso. La hora de charla resultó escasa.
También fue inesperada la elección del restaurante. ?A quién se le ocurre ir a un búlgaro estando en Segovia y no comer cochinillo? A nosotros. La comida fue estupenda y la compa?í­a muy grata.
Luego visitamos la iglesia de San Justo, que tiene un maravilloso fresco en el techo. Norma y yo subimos al campanario por una escalera de caracol, estrechí­sima y empinadí­sima. Desde luego, se notaba que los seres que con mayor asiduidad pasaban por allí­, o volaban, eran las palomas, a juzgar por la espesa alfombra de cacas bajo nuestros pies. Me sentí­ como James Stewart en "Vértigo". Pero las vistas bien valieron la pena. ?Increí­ble, pero todaví­a tengo agujetas!
Finalmente coincidimos con la heroica Sara que, a pesar del gran trancazo y de la lluvia, es la que acudió al mayor número de conferencias.
Ya en Madrid y olvidándonos pronto del cansancio, fuimos a por nuestra Noche Blanca. Quedamos con Pura y en el Conde Duque nos hizo fotos el hermano de Joaquí­n, que expone allí­ sus fotos de la movida.
A diferencia de Segovia, la fiesta en Madrid era indudable. Las calles tomadas, filas de gente para entrar en los museos y auditorios, y buen rollo.
Por muchas horas, Madrid sí­ existió.

25 septiembre 2006

Mojados como hojas de libros en oto?o.

Las librerí­as de Segovia se habí­an escondido por detrás de la plaza del Azoguejo, bajo unas piedras más antiguas que las del Acueducto. Amenazaba lluvia pero, puestos a no haber, solo habí­a frí­o. Norma le hizo frente con un nuevo sweter (?se escribe así­?) rojo. Entonces acudió Mariajo que nos llevó a la iglesia donde hablaba Vila Matas junto a otros dos acólitos. Uno de ellos mujer, pero que también platicaba debido a que se trataba de un ceremonial laico. Breve, pero, a mi, Enrique (es mi amigo) me pareció que sonaba como llegado del más allá. Tal vez lo tenga sacralizado, pero así­ lo perciben mis oí­dos. Luego, aprovechando el lugar en donde estábamos, comimos en un Restaurante Búlgaro. Las musakas y las verduras no estaban mal, pero (yo guardé el secreto) las carnes, - o lo que fueran,- olí­an fatal. La lluvia nos esperaba fuera, y la Iglesia de San Justo (la más antigua de la ciudad), con sus frescos románicos y sus cagadas de paloma. Entonces llamó Sara que, contra viento y marea, se estaba adentrando en las murallas. La lluvia menguaba a intervalos pero no acababa de cesar. Y vuelta a la plaza a buscar libros. Segovia es una ciudad sin libros, pero con juderí­a y estatuas mojadas por los parques. Pronto habrí­amos de regresar. Pero entonces Sara. Y vuelta a lo clásico: el mesón de Cándido. Tal vez Sara nos pudiera mostrar algún libro: pero tampoco. Al menos certificamos que todos estábamos allí, secándonos como hojas de oto?o, en aquel momento.

Crónica de Hay-on-Way

Subíamos Gemma y yo por Juan Bravo con los ojos todaví­a brillantes de la emoción por haber cogido por primera vez La Sepulvedana. Planeábamos antes del primer encuentro con Rosa Montero y Juan Villoro en la Caja de Segovia, visitar los puestos de libreros que, con ocasión del Festival, creí­amos iban a invadir la Plaza Mayor. El viernes era soleado y el silencio de la provincia nos descansaba del bullicio chirriante de Madrid. A un lado y otro de las calles nos reencontrábamos con iglesias, alcázares, y casas del siglo XV, que nos parecí­an novedosas al mirarlas con la inocencia de las turistas accidentales. Al llegar a la plaza no vimos puesto alguno y pensamos que a lo mejor era demasiado temprano. Sentadas en una terraza al sol tomábamos café con brioche entre extranjeros, mientras esperábamos el montaje de las librerí­as y hací­amos planes. Ta?eron doce veces las campanas de la catedral y por fin nos percatamos de un quiosco de madera verde de cuyo tejado colgaba una sábana con la leyenda: Asociación de Libreros de Segovia. Nos acercamos esperanzadas, pero la dependienta pronto nos regaló la decepción: sólo estaremos nosotros y los de The Guardian, así­ están las cosas, dijo con una sonrisa se?alándonos a unas chicas sentadas en un banco que repartí­an periódicos. Pero podéis ir a nuestra tienda, a?adió después de desplegar un mapa. Escuchamos sus explicaciones y hojeamos libros de Vila-Matas, McEwan y Lesing. La casa verde, bautizamos al quiosco.

Algo desencantadas fuimos a recoger a Freya, una amiga canadiense de Gemma, al Museo Esteban Vicente. Ella nos llevó a un restaurante y tomamos judiones y ponche segoviano para curarnos la depre. Por la tarde, escuchamos a McEwan entrevistado con inteligencia por Juan Villoro en el teatro Juan Bravo. Ian, reconoció no haber leí­do a escritores espa?oles o hispanoamericanos contemporáneos y dijo que sus tres novelas favoritas eran Madame Bovary, Ulyses y Herzog. En fin, que la tarde prometí­a a pesar de que una tos tenaz se apoderaba de mi garganta. Luego, Carmen Posadas abortó con sus coqueteos y tonterí­as lo que pudo haber sido una charla interesante con Martin Amis. Una pena.

Habí­a oscurecido y una brisa helada anunciaba lluvia. Agotadas regresamos a la estación de La Sepulvedana. Al dí­a siguiente yo habí­a quedado con Norma, Silvia y Joaquí­n, pero los escalofrí­os me hicieron cambiar algo los planes.

19 septiembre 2006

De novelas...?Cómo empiezan?

20. "Nunca he dado principio a una novela con tanto recelo. Si la llamo novela es únicamente porque no sé qué otro nombre darle. Su valor anecdótico es escaso, y no acaba ni en muerte ni en boda. La muerte todo lo termina, y es, por lo tanto, adecuado final de cualquier narración; mas también concluye convenientemente lo que en bodas acaba, y yerran quienes, por alardear de avisados, hacen burla de aquellos desenlaces que la costumbre ha dado en llamar felices. Opina sanamente el vulgo que, sobre aquello que en desposorios termina, no es menester a?adir más. Cuando mujer y varón, tras la vicisitudes que se deseen, terminan por unirse, cumplen una función biológica, y el interés que suscitaron es trasladado a la generación venidera. Mas yo dejo al lector en el aire. Este libro está compuesto con mis recuerdos de un hombre a quien traté í­ntimamente con largos intervalos, y poco sé de lo que pudo acontecerle durante ellos. Supongo que ejercitando mi imaginación podré rellenar esos huecos y lograr, de esa manera, mayor coherencia para mi narración; pero no deseo hacerlo. Quiero limitarme a dejar escrito aquello que verdaderamente llegó a mi noticia"

14 septiembre 2006

De Tiresias y Apollinaire

Al hilo de lo aportado por Cangreja a La Cena:
Tiresias es un adivino griego que aparece en todos los episodios mitológicos relacionados con la ciudad deTebas. Fue él quien aconsejó que se entregara el trono de la ciudad al vencedor de la Esfinge; más tarde sus revelaciones conducirán a Edipo a descubrir el misterio que rodeaba su nacimiento y sus crí­menes involuntarios.
Tiresias era ciego desde joven. Según algunas versiones, su ceguera habí­a sido causada por la diosa Atenea, que le castigó así­ por haberla sorprendido mientras se ba?aba, aunque como compensación le concedió el don de ver el futuro. En la Odisea (Canto XI), Ulises irá a consultarle al Hades para averiguar las circunstancias en que se desarrollará su regreso a Itaca. Según otras versiones, Tiresias habrí­a sorprendido a dos serpientes mientras se apareaban y habí­a matado a la hembra, quedando convertido en mujer. Siete a?os más tarde, en circunstancias similares, mató al macho y recobró su sexo primitivo. Esta experiencia única hizo que Zeus y Hera recurrieran a él como árbitro en una discusión sobre quién, el hombre o la mujer, experimentaba más placer en el amor. Cuando Tiresias afirmó que la mujer experimenta nueve veces más placer que el hombre, Hera, indignada le castigó dejándole ciego, pero Zeus le otorgó el don de la profecí­a y una larga vida equivalente a la de siete generaciones humanas. Volveremos a encontrarle, en efecto, en el ciclo tebano, desde la época de Cadmo hasta la expedición de los Epí­gonos.
El significado esencial de la figura de Tiresias reside en su papel de mediador. Es ante todo, por sus dotes proféticas, un intermediario entre los dioses y los hombres, pero lo es también, por su condición andrógina, entre los hombres y las mujeres y, por la duración excepcional de su vida, entre los vivos y los muertos.
El personaje reaparece en la literatura europea en su doble carácter de profeta y de andrógino desde el Edipo rey de Sófocles (425 a.C.). En el drama surrealista de Apollinaire Las tetas de Tiresias (1917), Teresa, una joven feminista casada que se niega a tener hijos, se convierte en un "se?or mujer" después de liberarse de sus pechos y adoptar el nombre de Tiresias; su marido, en cambio, se ocupará de traer miles de hijos al mundo para repoblar la ciudad de Zanzí­bar. Teresa reaparece al final de la obra bajo los rasgos de una cartomántica, paródico vestigio del papel profético de Tiresias. La figura del adivino tebano desempe?a un papel importante en la obra del poeta inglés T.S.Elliot Terreno vago (1944), donde, a través de su función de adivino, puede aparecer como una figura simbólica del creador.

12 septiembre 2006

Las tetas de Tiresias

?Hola! ?Hola! He retomado mi relación con el ordenador, suspendida por el intenso y agradable verano. Espero que el vuestro también haya sido muy bueno.
Joaquí­n, me parece bien la idea de reunirnos el próximo martes. ?Ahora ya entiendo el humo que entraba por mi ventana!
Tení­a un escrito que habí­a hecho después de nuestra última tertulia y que finalmente no colgué por pereza, y auqnue resulte algo desfasado, os lo enví­o.

La hora palpita en los relojes pero nuestras calles no están solas. Llegamos a nuestro término, después de recorrer los mismos sitios que hací­a tres semanas, cumpliendo una vez más con el eterno retorno, cosa que nos remite a ese otro gran escritor mexicano que hemos leí­do no hace mucho, Juan Rulfo. Todo se repite, el tiempo es cĂíclico, como la estructura del relato y como los elementos que refuerzan esa circularidad: glorietas, esferas, rondas.
Para gran regocijo de los gorriones, las ca?as vienen acompa?adas de las deseadas patatas fritas. Estamos en un placentero rincón de Madrid que, afortunadamente, es una negación de esa otra ciudad formada por la voracidad de los políticos, escenario polvoriento de graşas que semejan mástiles de barcos inútiles habitados por marineros de cascos blancos y chalecos reflectantes.
La terracita está muy concurrida y destaca entre los murmullos nuestra caótica pero intensa tertulia. La lucha por la palabra es brutal. La urgencia por explicar y cerrar el relato apremia.
Pero el relato no se deja. Hay un tono oní­rico y surrealista acentuado por figuras retóricas como la personificación, distorsión del tiempo y el espacio, constante presencia de relojes y ojos, juegos de luces y sombras.
Como relato surrealista aquí no intervienen los mecanismos de control de la razón, la concepción de la realidad es diferente. Para Breton "la más fuerte imagen surrealista es aquella que muestre un grado de arbitrariedad más elevado".
Los efluvios de la cena posterior, colorida y exuberante, nos sumergen en ese mundo donde la delgada lí­nea que separa lo real de lo fantástico se quiebra y se vuelve a unir.

Y aquí­ va una reflexión de Baudrillard que me gusta mucho:
"A fuerza de proezas técnicas hemos alcanzado tal grado de realidad y objetividad, que podemos hablar de un exceso de realidad que nos deja mucho más ansiosos y desconcertados que el defecto de realidad que, por lo menos, podemos compensar con la utopía y lo imaginario, mientras que para el exceso de realidad no existe compensación ni alternativa".

Abrazos.